Las noches de este joven universitario eran convencionales –tomando en cuenta que vivía solo en un cuarto de residencia a 1200 kilómetros de su familia– el rito de cepillarse los dientes e ir a la cama a las 9:30 para leer una hora antes de dedicarse al intento del sueño. Como debería ser siempre.
Empezaba la época de octubre y las lluvias no tardaron en llegar. El chico amaba la lluvia, no sentía los cimarrones desde ya hacía casi un año estando en su pueblo. La primera noche fue normal, como el resto del año, salvo por ser una noche de octubre, cuando el vientre de las nubes no se cansa de derramar agua sobre los impávidos techos. Este muchacho resolvió dormir temprano, advirtiendo el buen clima para descansar.
En la penumbra de la noche avanzada, se despierta por una punzada leve y periódica que sentía a un costado de la cama: era una gotera: El somnoliento joven está acostumbrado a esto –Uno de los efectos secundarios de las noches de octubre, junto a las alergias y los mocos– así que decide mover la cama unos centímetros y colocar la taza del café vacía donde supone caer el agua, todo esto sin siquiera encender la luz, en el trance de un sueño interrumpido. No presta mayor atención al problema del agua y se dedica a continuar con su descanso.
El día del chico transcurre como de costumbre, y pasa el tiempo hasta la hora de ir a la cama. Tomando en cuenta la lluvia sin misericordia que azota de día y noche, el universitario decide dejar la cama a un costado de la gotera, notando que para el momento aún no aparecía, deja la taza en el suelo prevención a encontrarse a la mañana siguiente con un inmenso charco.
Esa misma noche, siente humedad del agua fría de octubre en sus sábanas. En su estado de cavilación, maldice de forma superficial y únicamente mueve la cama un poco más para terminar por echarse a dormir.
En la mañana, al despertarse, nota algo extraño: olvidó mover la taza hasta donde se supone que debería estar cayendo la insistente gotera que humedecía su cama, sin embargo, notó que no existía prueba alguna de esta gotera, no había ni un mínimo charco en el piso de la habitación. El chico no presta mucha atención a este hecho y cumple su horario universitario, hasta la noche y la hora de ir a la cama. Por un ataque de prevención, desliza la cama hasta la otra esquina de la habitación, pues está harto de las goteras nocturnas que perturban su sueño. Sin embargo, no cambió mucho, ya en la madrugada, el sueño más profundo del adolescente es interrumpido por las mismas gotas de lluvia que logran correrse desde la tempestad que afuera no tiene compasión por nada. Parecía una broma de mal gusto para el muchacho, es como si las goteras se moviesen con su cama. Hace lo único que su estado de insomnio le permite y mueve torpemente la cama hasta el centro del cuarto para intentar dormir.
Al día siguiente, obstinado por su pésima suerte, decide esperar la noche para observar el problema y corregir el molesto goteo que interrumpe sus noches. Si bien el chico en este punto piensa tener una pésima suerte, la noche no hace nada por cambiar esto, y es que el joven termina por dormirse en su cama esperando la lluvia; lluvia que nunca llega.
Esa noche, algo lo despierta: ¡Es la maldita gotera de nuevo! Grita el muchacho semidormido, ignorando la anomalía, sin embargo, no tarda en percatarse de que no está lloviendo. Confundido, se levanta y busca darle un sentido lógico a la situación: ¿Será una broma de mal gusto?, es una hipótesis sin sentido, sabiendo que vive en el último piso del conjunto residencial. ¿Podría ser una tubería?... A medida que el chico se formula preguntas, va recobrando la lucidez. Luego de unos segundos, el chico se inmersa en un estado de terror, se da cuenta de muchas cosas: ninguna de las noches anteriores estuvo lo suficientemente despierto como para investigar el problema del goteo durante su caída, tampoco se tomó la molestia de encender la luz para ver por qué parte del techo el agua se filtraba… ¡La luz!, con una inmensa curiosidad de descubrir el origen de esto, sin levantarse de la cama, estira la mano hasta el encendedor que está cerca de él…
A partir de ese día, el chico no volvió a dormir igual, debió haber experimentado un inmenso terror para llegar al punto de regresar a su pueblo y no salir de la habitación de sus padres las noches.
Esa noche, al encender la luz de la habitación, algo corrió por el techo de su cuarto, algo que no parecía de este mundo, caminaba de cabeza y con gran agilidad, ese algo lo miraba dormir sobre su cama estando colgado del techo, de tamaño de un perro y con largas y delgadas pata, eso se escabulló y salió por la ventana en un segundo en el mismo momento en que se iluminó la habitación. Lo que despertaba en las madrugadas al desesperado chico no era una gotera… Él desearía que hubiese sido solo una gotera de las lluvias de octubre.
Autor : Felipe José Weffer Falcón. gracias querido amigo.
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