La sociedad es una interrelación tácita, entre partes diferenciadas; un cúmulo, si se puede decir, heterogéneo. Es una «unidad». La «unidad» no entraña el fenómeno unívoco del Absoluto, siquiera intenta metamorfosearse para parecer tal cosa. La «unidad» es precisamente aquello fragmentado. Pero no puede malinterpretarse algo fragmentado como algo desunido. El término nos conduce a un estado de fuerzas entrechocándose y entrecruzadas al mismo tiempo; sólo los fragmentos pueden conducir a un estado ideal de las cosas. Una unidad es cada fragmento que lo conforma: como el café con leche. La fragmentariedad tampoco es una construcción; puede señalarse como una asociación; es decir, fuerzas que se unen no para, en base a un deseo igualitario, alcanzar el mismo objeto sino para fluir en una misma corriente con variedad de objetos a alcanzar: consonancia gradada al rango de «unidad». La «unidad» que no se entienda como fragmentos es una entelequia. Es casi imposible que una asociación se mueva por un mismo objetivo; pueden lograr las mismas cosas materiales, pero cada parte, cada fragmento, lo corporeizará de manera diferente: esto es, fuerzas objetivamente diferenciadas, unidas subjetivamente, para materializar de forma subjetiva una imagen que parecía aislada del objetivo unitario, concreto y objetivo. Creo que toda sociedad se mueve de esta forma: en «unidad» de fragmentos.
El binario: sistema y Estado. Aquí no es necesario hacer una disección con navaja; no es necesario separar nada. El sistema, me parece pensar, es de la sociedad. Me hace pensar de alguna forma en el eslogan de la izquierda y la progresía; un «sistema de la gente», es decir, de la «unidad». Pero, cuando se intenta hablar de un «sistema», creo que nos encontramos con algo bastante difuso e intrincado. El «sistema» necesita un cuerpo, un cuerpo que esté erguido como una «representación corpórea». A saber, ese único cuerpo es el Estado. Curiosamente, el «sistema» es incorpóreo, lo realmente abstracto, pero que, elevado al rango de Absoluto, es lo que lo mueve todo, tanto Estado como sociedad, pues, cada uno es una expresión corporeizada del sistema. El sistema es el único Absoluto, la única posibilidad de una ontología tanto para el Estado como para una sociedad. Por esto, a menudo, solemos escuchar algo como “Yo creo en el sistema” en vez de “Yo creo en el Estado”. Y no se podría decir si es una vaga semántica del anhelo o un perfecto estado de consonancia con lo que se supone como superior. Y es que esto es aterrador: lo que acecha no es un Estado que represente un cuerpo de leyes y que sea expresión de una República sino un «sistema»; el deseo de tal «sistema» persigue un objeto: a sí mismo. Y como tal doctrina y dogma al mismo tiempo. Es más frecuente escuchar un «Sistema de tal cosa» que un «Estado de tal cosa». Porque «sistema» es ante todo deseo y Estado es, ante todo, un medio.
Ahora ¿es acaso posible una sociedad rivalizando perennemente con el sistema? Más que posible es una urgencia. A ver, el «sistema», como cosa inmaterial y abstracta, necesita no sólo corporeizar su doctrina y dogma a través de un Estado, también es una necesidad que haya articuladores físicos, es decir, ideólogos y dogmáticos que hagan del «sistema» un régimen de vida. Por supuesto, están los articuladores originarios que, más que ser instrumentos, fueron potencia. Ahora ¿por qué es una urgencia para los sistemas rivalizar con la sociedad, mas, tan sólo, una parte de ella? Porque mientras el vocablo “oposición” sea lo sustantivo, la “insurgencia” será un fonema del mutismo. Además de qué «oposición» es una oportunidad de robustecimiento. Como bien diría Eco “El enemigo está ahí para fortalecer tu identidad. Por eso es preciso crearlos”. «Sistema» y «oposición» se sirven mutuamente para irrigarse los órganos. Hay una rivalidad, un intento, por un lado, de sobrepasar al sistema y por otro, un intento de mantenerse donde siempre se ha estado; hay una forma de respeto, un anhelo de convivencia entre contrincantes como en toda carrera de obstáculos. Por eso las rivalidades entre sistemas y sociedades son estériles.
La rivalidad entre uno y otro es una ilusión. Una sociedad que luche realmente contra un sistema es insurgente mas no opositora. Y una lucha que implícite el costo de la vida, no es parte de una rivalidad sino de una acechanza a muerte.