El libro es hoy uno de los representantes más claros y aún más importantes de la sabiduría, pese al avance de diferentes soportes tecnológicos que le han hecho perder parte de su popularidad. Es sin duda alguna una de las creaciones más relevantes del ser humano no sólo en lo que hace a la conservación sino también a la transmisión de los conocimientos infinitos que produce un escritor. Sin embargo, sólo el libro puede perdurar por muchos siglos y ser una fuente importantes de información y de conocimiento para las generaciones futuras si el mensaje que transmite logra expresar algo que llegó a borrar para siempre alguna forma de silencio.
En la actualidad, la mayoría de los bestsellers carecen de calidad literaria, no tienen capacidad de dar forma a las palabras, hacerlas encajar unas con otras, imprimiéndole al texto la musicalidad adecuada en cada situación. Por otro lado, a lo largo de la historia, muchas obras consideradas hoy en día maestras, fueron rechazadas por la sociedad y, sobretodo, por otros escritores, en general porque eran demasiado vanguardistas o bien porque atacaban el sistema de valores establecido. Es así que no debemos pensar que la trascendencia de una obra es proporcional a la aceptación que tenga entre el público para ese momento. Una verdadera obra para que perdure en el tiempo, se debe situar en una zona fronteriza entre nosotros y la realidad de ese instante, y tratar siempre de nosotros y de nuestra lucha con esa realidad.
Si fuéramos seres vivos satisfechos no habría materia para la literatura. Por lo que la innovación es la que otorga a una obra aire fresco, y esta proviene sólo de nosotros mismos, de lo que creemos, vemos y pensamos. Debemos tener claro que con sólo este parámetro no se puede aspirar a llegar demasiado lejos. La buena literatura debe ser comprometida y elaborada con mimo. Como un escultor o un pintor, que hacen uso de roca y pintura respectivamente, quien escribe se sirve de las palabras para tallar su obra de arte.