Nací en El Vigía, Estado Mérida, luego de mi nacimiento mi madre regresó a Maracaibo donde ya se encontraba radicada desde hacía unos años. Crecí en un hogar muy Gocho dentro de un barrio tan Maracucho que lleva por nombre Ricardo Aguirre. Mi infancia estuvo llena de rojos semerucos, cepillados de colita, pizca andina los domingos en la mañana, arepas de trigo con mantequilla y café con leche, mandocas, pastelitos, las ferias del Barrio, mi colegio Cristóbal Colón, los baños bajo la lluvia que mi madre nunca permito y que anhelaba desde la ventana, las misas de niños todos los Domingos a las ocho de la mañana en la Iglesia San Pedro, comics como: Kaliman, Memin Pinguin, Arandú; las arepas de carne mechada que mi amiga la gorda compartía conmigo en el recreo, el refresco de uva que ahora sabe tanto a niñez, el árbol de roble que imponente cuidaba el frente de mi casa y se vestía de lila de cuando en cuando; todas estas figuras acompañaban mi intensa timidez, mis continuos miedos y mis frecuentes lágrimas.
Culminé la primaria a los diez años y a esa misma edad comenzó mi etapa de liceísta. Alumna regular del Liceo C.B.C “Valerio Toledo” pasé tres años uniformada con una especie de traje tipo safari de color verde por lo que en toda Maracaibo las estudiantes de ese liceo éramos conocidas como Las Iguanas. En esa época supe de la política representada por los partidos políticos, de las manifestaciones estudiantiles, de las represiones por parte del Estado, las injusticias, me enfrenté a la autoridad representada por el profesor de Geografía y de Física, conocí los poemas de Vallejos, Andrés Eloy Blanco y a Ricardo Guiraldes, pero también las novelas románticas Jazmín y Julia, viví el dolor que causa la muerte de un ser amado, descubrí la sensualidad envuelta en las canciones, las telenovelas, el vértigo que causa el deseo hacia el Otro, la amistad, el compañerismo, la lealtad y aun así mi timidez, mis miedos y mis lágrimas seguían acompañándome
Iniciándose la década de los ochenta pase a formar parte de los alumnos del Liceo Ciclo Diversificado “Jesús Enrique Losada”, uno de los liceos más turbulentos para la época, por esos años el Estado decretó que todos los planteles educativos debían uniformar a sus alumnos con un solo modelo, y por vez primera todos los alumnos de la Diversificada llevábamos Chemise Beige con pantalón, falda o jumper azul. Ya tenía trece años y la vida como que empezaba a enseriarse. Descubrí la humana que habitaba dentro de mi madre, la historia de mi padre, las bombas lacrimógenas, el abuso de autoridad, el Disco Music, La Salsa, García Márquez, la canción “Quiero comprar para ti una casa bella”, que los amigos cambian y hasta se retiran, la Historia Contemporánea de Venezuela, el racismo, el clasismo… y nada que mi timidez, mis miedos y mis lágrimas decidían abandonarme.
A los 16 años entre a La Universidad del Zulia (LUZ), Estudios Generales, con la firme decisión de estudiar Medicina, una época hermosa de grandes, insospechados e insuperables descubrimientos. Para ese tiempo supe de la competencia, la rivalidad, los celos, los sacrificios, la tolerancia a la frustración, la tolerancia a la espera, las largas noches de estudio, descubrí la Problemática del Subdesarrollo, las discotecas, el licor, Wilfredo Vargas, las Chicas del Can, 4:40, el cortejo, la seducción, Mis Zonas Erróneas, al hombre como pareja, los piques, el sifrinismo, la solidaridad, el deseo, el amor, la pasión, La Revolución con Marx y con Cristo, los logros y así en 1990 a los 23 años me gradué de Medico General, con la misma timidez, los mismos miedos pero ahora sin lágrimas…
A principio de los noventa me traslado al Estado Miranda, Barlovento, a ejercer como Médico Rural, descubriendo: el ejercicio de la autoridad, la responsabilidad laboral, el miedo al error fatal, la nostalgia de la familia, el arte de escribir, la decepción, la soledad, los tambores, el cacao, las puma rosa, el aumento de peso, los kino, las triangulaciones, el enfrenamiento entre pandillas, la montaña del Colorado, la insolación, el Estado como patrono, la explotación del obrero, la libertad, la independencia, la arrogancia, el cigarrillo, el Lobo Estepario, las camionetitas Caracas/Barlovento.
En 1994 inicie el Postgrado de Psiquiatría en el Hospital Clínico Universitario de Carcas (HCU) y me radiqué en La Candelaria, de donde salí solo diez años después. Allí descubrí lo que es vivir a la “Velocidad del Metro”, la estructura arquitectónica del HCU donde siempre corre el viento y los pasillos son amplios como la esperanza, la tierra de nadie, los pasillos de Ingeniería, la mezquindad, lo humanamente miserable, la erotización de lo cotidiano, la descalificación, la sabiduría de los maestros, el amor como síntoma… Tres años después con mi título de psiquiatra comencé a trabajar en la Administración Publica y se dejó ver la burocracia, otra vez el abuso de poder, la corrupción, la mediocridad, la politización de los espacios laborales, pero también pude ver: la solidaridad de género, la conciencia de género, seguía el amor siendo un síntoma, descubrí el placer tras el buen consumo de licor y la buena comida, la intelectualidad, los talleres literarios, la filosofía, la pareja como apoyo y el amor como fuente de placer y crecimiento…
En el año 2004 nace mi hija Valentina Isabel desafiando mi estilo y mis posiciones de vida, completándome de una manera inesperada, mostrándome un faceta llena de amor, miedo, responsabilidad, risas, creyones, plastilina, insomnio, oraciones, colores, plegarias, sacrificios, serenidad, paciencia, tolerancia, restricciones, cambio de hábitos, cambio de estilos, proyectos, cuidados… y muchas otras cosas más que voy viviendo entre ensayo y error, ya sin tanta timidez, con nuevos miedos y con pocas lágrimas.
Hoy decido escribir, no como psiquiatra, ni como mujer, ni como madre, ni como médico, sino como una humana determinada por cada uno de esos elementos y algunos más, escribir como un acto de amor, de acompañamiento hacia el Otro, pero también, en éste momento histórico tan particular para mi país (Venezuela) como un ejercicio a través del cual ordenar mis ideas, imágenes, sensaciones, temores, esperanzas y entender este momento como un diminuto episodio de la eternidad del cual no lamento ser su protagonista.