100 años de Nelson Mandela: el camino hacia la libertad
Mandela en 2008 Fuente
Setenta y seis años después, se transformó en el primer presidente negro de Sudáfrica con lo que selló el fin uno de los más detestables regímenes políticos que ha vivido la humanidad moderna: el apartheid, la política de segregación racial que una minoría blanca impuso a la mayoría negra del país.
El apartheid no significaba, como la traducción de la palabra parece indicar (en afrikáans, apartheid: separación), solamente que blancos y negros hicieran vida por separado; era bastante más que eso. Era la perpetuación de un sistema injusto y criminal que condenaba a la mayoría de los habitantes del país a condiciones de inferioridad y pobreza. El periodista británico John Carlin, en su libro La sonrisa de Mandela, señala:
…los jefes de la tribu blanca dominante en Sudáfrica, los afrikáners, habían administrado un sistema que privaba al 85 por ciento de la población —a la gente de piel oscura— de cualquier capacidad de intervención en los asuntos de su país. No podían votar, se les enviaba a escuelas de inferior calidad para que no pudieran competir con los blancos por un puesto de trabajo, se les decía dónde podían y no podían vivir y qué hospitales, autobuses, trenes, parques, playas, aseos y teléfonos públicos podían utilizar o no.
Más adelante recuerda que las Naciones Unidas condenaron el apartheid como “un crimen contra la Humanidad”.
Cuando el joven Mandela cumplió el rito de la circuncisión mediante el cual dejaba de ser un niño para convertirse en un hombre, uno de los viejos jefes de su nación habló y lo que dijo no fue del agrado del joven, que veía ante sí un futuro promisor bajo las sabias y bondadosas instituciones británicas. Lo que el viejo jefe dijo, según lo recuerda el propio Mandela en su autobiografía fue:
Somos esclavos en nuestro propio país. Somos arrendatarios de nuestra propia tierra. Carecemos de fuerza, de poder, de control sobre nuestro propio destino en la tierra que nos vio nacer. Se irán a ciudades donde vivirán en chamizos y beberán alcohol barato, y todo porque carecemos de tierras que ofrecerles donde puedan prosperar y multiplicarse.
El joven Nelson Mandela Fuente
No era lo que el adolescente recién convertido en adulto quería escuchar. Le parecieron palabras no solo inoportunas, sino también falsas. Sin embargo, pocos años después, Nelson Mandela ya había comprendido que vivía bajo una ilusión de libertad y seguridad.
Una vieja historia
Playa "solo para blancos" en la ciudad de Durban en 1989 Fuente
Aunque la discriminación racial en Sudáfrica existía desde la colonización británica, a partir de 1948, con la victoria del Partido Nacional, esta circunstancia se fue agravando. En las décadas siguientes se adoptaron leyes racistas que afectaban a la población negra, a los mestizos y a la población de origen hindú.
Entre otras disposiciones legales, el gobierno del Partido Nacional dispuso que los negros no podían votar, la imposibilidad de acceder a la administración pública, la segregación del transporte público, de las instituciones educativas, se crearon áreas solo para blancos o solo para “otras razas” –lo que incluía playas, parques, paradas, tiendas…, lo que obligó a muchos ciudadanos de color a abandonar sus casas, se decretó la ilegalidad de los matrimonios interraciales, se convirtió en delito las relaciones sexuales entre individuos de distintas razas…
Un largo camino
Celda de Mandela en la isla Robben Fuente
El camino que llevó a este niño sudafricano nacido en una aldea pobre a convertirse en el político más admirado de la edad contemporánea estuvo lleno de dificultades y amenazas.
Ya en 1952, Mandela organizó una campaña contra la política de discriminación racial que le significó los primeros problemas con la policía. En 1956 fue detenido y acusado de “alta traición” por defender un cambio radical de las condiciones sociopolíticas de la población negra en Sudáfrica. El juicio se realizó en libertad y en 1961, luego de varios cambios de jueces, fue encontrado inocente de los cargos junto a sus compañeros del Congreso Nacional Africano, el grupo político en el que militaba. Pero en agosto de 1962 fue detenido otra vez y acusado de conspirar para derrocar al gobierno, lo que, bien visto, era cierto y el mismo Mandela nunca negó.
Presionados por la imposibilidad de un cambio político que liberara a la población negra de las condiciones de opresión en las que vivía, Mandela y su partido, el Congreso Nacional Africano, optaron por la resistencia violenta. El camino que escogieron fue el sabotaje por ser el que, pensaban, significaba menores amenazas a la vida humana. La otra opción era el enfrentamiento armado abierto; es decir, la guerra civil. En el espíritu de Nelson Mandela nunca estuvo la intención de una “guerra contra los blancos”. Su aspiración era, como manifestó en su juicio, una democracia ideal y una sociedad libre en la que todas las personas vivieran en armonía y con iguales oportunidades.
A partir de esa fecha, estuvo 27 años en prisión, hasta que fue liberado gracias a la presión internacional y dentro de su propio país.
Una nueva nación
Durante los años que pasó en prisión, la imagen internacional del régimen sudafricano se deterioró de manera importante. Mientras más brutal y represivo se volvía el gobierno del Partido Nacional, la figura sonriente de Mandela ganaba más popularidad y apoyo dentro y fuera de su país.
Acosado por las presiones internas (el país al borde de una guerra civil) y externas (aislamiento internacional, pérdida de inversiones), en 1990 el presidente Frederik de Klerk, electo a finales de 1989, inició el proceso de desmantelar el detestado sistema racial. Una de sus primeras medidas fue la liberación de Nelson Mandela y de otros dirigentes del Congreso Nacional Africano. Inmediatamente comenzaron las arduas negociaciones entre los dirigentes negros y la élite blanca, representados por Mandela y de Klerk, dirigidas a la elaboración de una nueva constitución que garantizara igualdad de oportunidades para todos y las condiciones para unas elecciones verdaderamente libres. Hay que recordar que hasta el momento, únicamente los de raza blanca (el 21% de la población) tenían derecho a participar en las elecciones generales.
Nelson Mandela y Frederik de Klerk Fuente
Fue en el proceso de derribar unas estructuras políticas y sociales injustas y reconstruir una nueva nación donde la estatura moral, ética y política de Nelson Mandela alcanzó su verdadera grandeza. La negociación fue difícil y llena de escollos; mientras estas se desarrollaban, la violencia se desataba en todo el país con el saldo de varios miles de muertos, pero se llevaron sin odios por parte de Mandela, que debió mostrarse firme en sus exigencias pero al mismo tiempo flexible y libre de ataduras ideológicas o sentimientos de revancha originados en el pasado. El mismo Mandela lo expresó en su autobiografía, El largo camino hacia la libertad, de una forma admirable:
Para firmar la paz con un enemigo es necesario trabajar con él. A partir de ese momento, el enemigo de ayer se convierte en compañero.
Esta actitud demuestra que Nelson Mandela no solo era un hombre carismático y amable, sino también un político sagaz: entendió que destruir el apartheid no significaba acabar con la población blanca del país, y que incluso los viejos enemigos serían necesarios para conducir al país hacia la libertad y la paz.
El 27 de abril de 1994, Nelson Mandela se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica.
Día Internacional de Nelson Mandela
Por su dedicación al servicio de la humanidad, la Asamblea General de las Naciones Unidas, en resolución de noviembre de 2009, proclamó el 18 de julio Día Internacional de Nelson Mandela, reconociendo de esta manera
su labor humanitaria en los ámbitos de la solución de conflictos, las relaciones interraciales, la promoción y protección de los derechos humanos, la reconciliación, la igualdad entre los géneros, los derechos de los niños y otros grupos vulnerables, así como la lucha contra la pobreza y la promoción de la justicia social. Se reconoce también su contribución a la lucha por la democracia a nivel internacional y a la promoción de una cultura de paz en todo el mundo.
En este enlace se puede leer la declaración de las Naciones Unidas.
Estimados lectores, la acción y el pensamiento de Nelson Mandela son trascendentes para la política contemporánea más allá de las fronteras de Sudáfrica. Su larga lucha aporta una dimensión ética a la praxis política, demasiadas veces sometida al puro pragmatismo y a intereses particulares, que pudiera significar la recuperación de su verdadero sentido: servir a los demás.
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