¿Es posible desconectarse
en vacaciones?
Vivimos en un mundo hiperconectado y dominado por la tecnología; es una evidencia que no admite discusión. Incluso en regiones poco o mal desarrolladas, la tecnología de teléfonos móviles, internet, y ahora la blockchain, alcanzan una presencia inimaginable pocos años atrás. Y a esto le podemos sumar los videojuegos, la realidad virtual, la inteligencia artificial y la robótica. Necesariamente, esta realidad impacta en las formas que tenemos de pasar el tiempo libre y, en particular, las vacaciones.
Ante esta realidad surgen varias preguntas: ¿es posible desconectarse en vacaciones? ¿Es conveniente? ¿Es necesario? ¿Significan lo mismo estas preguntas para los adultos que para los niños y adolescentes?
Sin tratar de resolver el asunto, que es extenso y de muchas aristas, nos acercaremos al tema con el convencimiento de que es un asunto sobre el que, incluso los expertos, aún no tienen la última palabra.
Vacaciones en familia
Hay tantos tipos de vacaciones como tipos de familia existen. Y eso incluye a las de un solo individuo y su mascota. Pero hablemos de las vacaciones en familia, ese tiempo en el que los padres y los hijos apenas pueden ponerse de acuerdo, a menos que los hijos sean tan pequeños que estén por completo sometidos a la autoridad de los padres. En ese caso, no hay conflictos: se hace lo que estos decidan según su buen o mal criterio, y según el tamaño de su presupuesto.
Pensemos entonces en algo más complicado: una familia con hijos adolescentes.
En estas circunstancias, la autoridad de los adultos, aunque también suele imponerse, lo hace a costa de grandes tensiones. Ya sabemos que los adolescentes son impulsivos, emocionales, dramáticos, a veces solitarios, a veces gregarios, y, en general, adictos a la tecnología. Entonces, unas vacaciones desconectadas tal vez no sea la mejor decisión de todas.
Los padres quieren que sus hijos hagan ejercicios al aire libre, que desarrollen alguna habilidad, que adquieran algún conocimiento útil para el futuro, que visiten sitios interesantes bien por sus bellezas naturales o por su paisaje cultural, que conozcan y usen las habilidades sociales mínimas para relacionarse con sus semejantes; y los adolescentes quieren pasar las horas ante las consolas de videojuegos o las pantallas de sus móviles. Por supuesto, con esta dicotomía estoy incurriendo en lo que se podría llamar una “exageración dramática”, pero creo que se entiende la idea. Se ha dicho innumerables veces y sigue siendo verdad: los gadgets tecnológicos son adictivos. Nos ofrecen recompensas inmediatas pavlovianamente reforzadas por imágenes y sonidos.
Los niños y los adolescentes, que han nacido inmersos en la cultura tecnológica, resultan particularmente vulnerables a los aspectos menos amables de esta.
Pero, todo hay que decirlo, también es verdad que gran parte de las relaciones de los jóvenes se llevan a cabo a través de las redes sociales y los distintos dispositivos que los conectan a ellas, y privarlos de esas relaciones durante una temporada más o menos larga es condenarlos al silencio y al aislamiento. Se suele decir que las redes sociales proporcionan una falsa sensación de compañía y que enmascaran la soledad esencial de los individuos, pero debemos considerar que para los nativos digitales esta afirmación simplemente puede carecer de sentido, pues sus redes son sus lugares de encuentro, donde se cumplen con eficacia los ritos sociales que los llevarán a la vida adulta.
Entonces, una opción podrían ser unas vacaciones con conectividad limitada; es decir, que el uso de la tecnología sea restringido a unas horas al día o se cumpla bajo ciertas condiciones que permitan la alternancia de tecnología y actividades más convencionales como paseos a la playa o las montañas, visitas a museos y sitios históricos o la práctica de deportes. Y lo mejor sería que esta decisión también fuera fruto de un acuerdo amistoso y no una simple imposición. De esa manera, los distintos intereses familiares pudieran armonizarse y complementarse sin que nadie sienta que está perdiendo demasiado.
Vacaciones con robots
Por supuesto, hay otra forma de encarar el asunto. En vez de limitar el acceso a la tecnología, seguir el camino contrario.
En los últimos años han aparecido tanto en España como en los países hispanoamericanos las ofertas vacacionales que aspiran a explotar el potencial que para la tecnología y la ciencia tienen los jóvenes. Sobre todo, cursos de robótica, diseño de videojuegos, fotografía digital, lenguaje de programación, diseño de páginas web y realidad virtual, son los que más aparecen en las ofertas de las compañías especializadas en estas actividades.
Es una apuesta arriesgada pero con mucho sentido. Si consideramos que la mayoría de los usuarios de tecnología de cierta edad somos apenas un poco más que “aprieta botones”, sin verdadero conocimiento (ni siquiera nociones de los principios básicos) del funcionamiento de los aparatos en los que hemos depositado nuestra fe, puesto que a ellos hemos confiado nuestro dinero, la seguridad aérea, los diagnósticos médicos y en muchos casos los tratamientos que recibimos, nuestras formas de entretenimiento, la información, y un larguísimo etcétera, resulta alentador que una generación se forme en estas habilidades desde temprana edad, asimilando la tecnología como un juego, que es la forma en que los niños y los jóvenes aprenden mejor.
El riesgo está, por supuesto, en que su mundo se reduzca a los aspectos meramente tecnológicos; en que estos priven en forma desmesurada sobre otros igual de vitales.
Pero, evitar que los jóvenes se conviertan en deshumanizados operadores de engranajes electrónicos dependerá de que los adultos que los acompañen, en vacaciones y fuera de ellas, sean capaces de mostrarles las bondades de la naturaleza, la cultura, el arte, la solidaridad, la convivencia, la amistad y el amor.
Volviendo a las preguntas iniciales: es razonable pensar que para los mayores no solo sea posible desconectarse en vacaciones, sino también que sea necesario. La tecnología aporta muchas soluciones a la vida moderna, pero también crea su propio campo de tensiones a las que son especialmente sensibles los adultos. Pero para los jóvenes, incluso para los niños, no parece una alternativa desestresante; al menos, no del todo.
Entenderlo evitará que las vacaciones de unos sean las pesadillas de otros.
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