Hace unos días me encontré con una botella de tinto en una tienda y me hizo ilusión. Una bodega de las Arribes del Duero, y una etiqueta y marca que hace referencia al pueblo vetón, ancestral ocupante prerromano de esas agrestes tierras lindantes con Portugal. El vino se llama Vaélico, (derivado del término celta vailos: lobo) que fue una divinidad indígena que tiene un santuario en Candeleda (Ávila), llamado de Postoloboso. Vaélico está muy relacionado con Endovélico, dios principal lusitano; protector de la salud, la tierra y los bosques.
La etiqueta es interesante y el vino es bueno. Pero me gustaría llevar mis divagaciones por otros derroteros. En esta botella no se puede hacer referencia al Duero. Está prohibido. Y diréis ¿por qué? Pues porque la Denominación de Origen ‘Ribera del Duero’ no lo permite. La reputada marca podría perder prestigio si se le asocia a otra zona con un nombre tan parecido. Cuando en 2007 se estableció la Denominación de Origen se tuvo que llamar simplemente ‘Arribes’, no ‘Arribes del Duero’.
Lo cual nos lleva al poder de las marcas, de la reputación, de los valores asociados a ellas y las luchas comerciales y publicitarias; proyectando determinada imagen, determinados anuncios, determinados eslóganes. ¿No es todo esto indistinguible de la magia? Es lo mismo. Las palabras, las cosas, los países y las marcas tienen poder. Poder simbólico. Y eso marca la diferencia. Porque si vas a una tienda y dudas entre comprar un producto u otro quizás te decidas inconscientemente, simplemente porque en un anuncio se daba a entender que esa leche de soja te iba volver más guapo o tolerante. Magia.
Los empresarios de la denominación de origen 'Ribera de Duero' creen que el valor de su marca no debe ensuciarse y piensan que el nombre 'Arribes del Duero' se aprovecharía de su prestigio para atraer clientes. Con solo colocar la palabra Duero en sus botellas. Estas prácticas se realizan de manera rutinaria y a todos los niveles. La competencia comercial (y social, y política) es un campo de batalla donde los magos del marketing utilizan sus varitas publicitarias y sus sortilegios algorítmicos para influenciar a sus posibles clientes. No es muy diferente a ese santuario erigido al dios Vaélico, que competía con otros dioses por las ofrendas de la gente común. Luego llegarían los dioses romanos, como han llegado ahora Amazon o Apple.