"Que inventen ellos", el mantra amuniano que corrompe a babor tu legado. Es una grieta demasiado grande, una derrota tan evidente, un aparato roto recogiendo polvo y carcomiendo un armario trastero.
"Que inventen ellos", himno de inferioridad, de desidia, de bronca atribulada y estómagos anudados. "Ellos", ¿Quiénes? Las sombras del Atlántico, los trail blazers del Destino Manifiesto. Ellos. Los thulelinos, con sus raíles de hierro y sus jaulas de Faraday. Déjennos en paz a "Nosotros", entre nuestras nudosas encinas y nuestros amplios horizontes, que son el mismo horizonte que a diario rascamos y caminamos. Amplios pero estrechos, luminosos y aún oscuros. Horizontes de gangreza, de hombros caídos y tenue melancolía; de paseos autoconscientes y altas torres de torreznos.
"Que inventen ellos" dijiste, aunque matizaras. Macabra estampa que retumba en la Sacra Cívita Universidad. Pilar que sostuviste en vilo ante la ofensiva yugular de las cuencas sin ojos. Palpaste las consecuencias del sucio mantra en tu propio templo, en tu ser profundo; y quedaste vacío y derrotado, sin abstracción alguna a la que agarrarte. Oh noche oscura.
"Que inventen ellos". La diagonal 620 tiembla y repta heptaenvarada en su boina. No puede salirse de su mismidad, pero bien podría mirar a las estrellas, reflejarse duchada por el atanor de alabastro. Si queremos deshacer los malditos nudos quememos la encina y el roble sobre el pentáculo de los Siete Cabritillos. Quemémoslas y dejemos resurgir al Ave Fénix, libre y desyugada. Sobre una placa base renacerán sus relucientes plumas. Amparada a ambos lados por un nuevo Roble y una nueva Encina.
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