Catálogo de la retrospectiva de Francisco Bellorín en el CAMLB de Maracaibo.
Recuerdos: Cuando vine por primera vez al Zulia a trabajar en el Centro Audiovisual, invitado por el profesor Sergio Facchi, quedé deslumbrado por el sol y enamorado de esta Maracaibo, que son caras de una misma moneda para todos aquellos que, como Francisco Bellorín, recalarmos en este ciudad puerto, la cual nos atrapa en un sentir estupendamente descrito por Hesnor Rivera, En La Red de los éxodos:
Esta ciudad nos lleva- nos confunde
con la rueda de avanzar ella misma.
Y quien nunca ha partido o no ha querido
partir nunca siente de improviso
que ya está de regreso.
El pez borracho
Ambos nos sembramos en esta ciudad en diferentes tiempos y, en 1970, me tocó dictar un taller de cine en donde estuvieron, si mal no recuerdo, entre otros Emérita Fuenmayor, Héctor Pirela, Blas Perozo y Francisco Bellorín, el entusiasmo nos invadía a todos con aquellos cien pies de película reversible en blanco y negro, que cada uno disponía, apenas dos minutos y medio escasos, que luego de revelar en el laboratorio que disponíamos en el Centro Audiovisual, nos apretábamos a proyectar en la pequeña sala de conferencias donde intercambiábamos pareceres del material rodado.
Recuerdo el entusiasmo que nos envolvió al ver todo un desfile de tomas sobre los astilleros: las composiciones respetando los puntos áureos del cuadro, con sus perspectivas y los volúmenes de aquellos barcos en construcción, de hombres criollos y sudorosos en un afán constructivo, haciendo mudas bromas (no teníamos grabadores de sonido) mientras laboraban. Se trataba en ese ejercicio de construir una narración en imágenes con los materiales en bruto. Rememoro ese trabajo porque entendí que estaba frente a un maestro de la visualidad, Francisco Bellorín, quien me mostraba que en "la vida y las cosas no son lo que son, sino lo que pueden llegar a ser" y se hizo presente mi padre quien me leyó, alguna vez, esa frase de un libro que todavía conservo Las Voces del silencio, de Andrè Malraux. Después de terminado el taller no nos volvimos a ver sino hasta 1973 cuando Ignacio de La Cruz, entonces director de la Escuela de Comunicación Social, me buscó en el CONAC para volver a esta ciudad que me tiene atrapado.
Cuatro momentos plásticos de Bellorín