Dos años atrás tenía 24, ya estaba graduado de la universidad y me encontraba trabajando de lo que había estudiado. Siempre sonriendo y haciendo bromas, tomando cerveza con mis amigos. Pero esas eran cosas que todos sabían. Lo único que estaba manteniendo como secreto era que era gay. Soy gay y siempre lo fui. En una escala de 1 a gay, soy gay. Definitivamente.
Cuando era chico bailaba coreografías de las Spice Girls con la profesora de gimnasia aeróbica de mi mamá. En el living de mi casa, frente a todos. El primer CD que me compré fue Spice up for your life. Siempre me gustaron las telenovelas. De chico practiqué gimnasia deportiva y me gustaba jugar a peinar a mis tías. No entiendo nada de fútbol, nunca me interesaron las copas de la FIFA. Mis copas de la FIFA empezaban en diciembre con las entregas de premios y la final era la noche de los Oscars.
Cumplía con todos los clichés acerca de ser gay que mis padres— y gran parte de la sociedad —tenían, y tienen, en la cabeza, pero cuando se lo conté a mi papá la sorpresa de él fue más una sorpresa para mí: jamás imaginé que nunca haya sospechado NADA.
Ya lo sabían algunos amigos, en principio los más cercanos. La primera fue una amiga a la que le conté que me gustaba un chico que trabajaba en un kiosco cercano a nuestra facultad y su reacción fue como “ah”. Cero. Le daba lo mismo y no hizo preguntas porque creía que no tenía. Después siguió otra a la que le dije que me gustaba otro chico, con el que posteriormente salí unos meses. Y a medida que pasaba el tiempo, ya saliendo con ese chico, lo supieron otros amigos y su reacción no fue no tanto de sorpresa sino más de alegría, en el sentido de que siempre lo supieron y me veían aliviado y se ponían felices por mí. Eran las personas con las que más tiempo compartía— y comparto —y era imposible que no lo sepan. Todo esto sucedió en un verano. Dos veranos atrás.
Llegaba un momento en que iba a comprarme cigarrillos y eran tan grande la alegría de poder decirlo que quería contárselo hasta al vendedor. OK, capaz que no así pero la alegría siempre estaba.
Llegó un momento en el que TENÍA que contárselo a mi papá. Salimos a cenar los dos. Pizza. Y cerveza. Varias cervezas. Hablábamos de bastantes cuestiones pero yo no lograba llegar al punto. Sabía que lo iba a hacer, estaba decidido de que ese era el momento, pero no lo estaba intentando con todas las ganas. Veía como la pizza se terminaba y era como un reloj que contaba mi tiempo adentro del clóset. En un momento tomé coraje y le dije que quería contarle algo hace un tiempo.
No fue así.
Tampoco así.
Fueron cinco palabras: "estoy saliendo con un chico”. Y ahí las preguntas que nunca hubiese querido escuchar y las mejores respuestas que jamás me hubiesen venido a la cabeza si las hubiese pensado con anterioridad.
—¿Cómo saliendo?
—Sí, saliendo. Como sale mi hermana con su novio.
—No entiendo, ¿cómo que con un chico?
—Sí, con un chico. Un chico de mi edad.
—Qué chico.
—Un chico. Estudia lo mismo que yo y tenemos la misma edad.
—No entiendo.
Estaba a punto de hacerle un dibujo de dos varones y un corazón con los colores de la bandera del orgullo en el medio pero no tenía lápices y, por supuesto, no era la forma.
Y ahí la peor de las preguntas.
—¿Quién es activo y quién es pasivo? (top o bottom)
Uh, por favor. Nudo en mi garganta. Qué momento. Si le decía que era activo iba a pensar “bueno, está tirándose a alguien, no es para tanto” y si contestaba que era pasivo la idea era “es irrecuperablemente gay”. Claramente no respondí nada pues para estigmatizarnos en torno a qué “rol” cumplimos en una relación homosexual estamos los propios gays, LAMENTABLEMENTE.
La respuesta fue muy buena a mi entender y muy elogiada por mis amigos: “¿y con mi mamá cómo mantienen relaciones sexuales?”, “¿le preguntaste a mi hermana si practica sexo anal con su novio?”. Estas preguntas pero con palabras más fuertes, claro.
Dejé muy en claro que no iba a contestar eso porque no sumaba ni restaba nada de lo que pudiera decirle y que me quería ir porque me estaba sintiendo mal y que probablemente me quede a dormir en la casa de algún amigo.
Me fui. Muy íntegro, los primeros pasos, hasta que no estaba más en el restaurant y de golpe sentí que se me cerraba el pecho. Lloré como si fuese un niño perdido en Central Park. Lloraba mientras me prendía un cigarrillo y le escribía a una amiga si podía ir a su casa. Estaba en una de sus primeras citas con otro amigo, ahora son novios. Quinientos metros llorando y fumando, poniendo a prueba mis pulmones. Toco el timbre, salen los dos, me abrazaron y yo no paraba de llorar y decir “fue horrible”. Recuerdo haberles tomado la mitad de la botella de vino que estaban compartiendo.
Con el pasar de los días la cuestión en casa se fue alivianando, mi papá no estaba enojado conmigo ni nada por el estilo, sólo lo había sorprendido como si le hubiese dicho que vendía cocaína o que formaba parte de una organización terrorista.
A partir de ahí y progresivamente la relación con mi papá terminó siendo la mejor que tuve en años con alguien de mi familia. Pasamos de preguntas como “activo o pasivo” a situaciones en las que me prestó dinero para que vaya a la marcha del orgullo gay en otra ciudad. En su último cumpleaños dos de sus amigos hacían comentarios “en broma” bastante homofóbicos, los frenó, les dijo que paren porque estaba mal.
El punto es que salir del clóset no es algo que deberíamos hacer porque nadie debería estar metido en uno. Pero te meten y te quedas. Te quedas por un tiempo hasta que dices “hasta aquí llegué, no aguanto más, no me hace bien”. Y está mal y no hay por que estar ahí. Pero haber salido fue de las experiencias personales más bellas que atravesé y a cualquier persona que ahora esté “adentro” como yo hace dos años, le aconsejo que salga corriendo, caminando o como le quede cómodo, que la angustia, el dolor y los momentos tristes que uno pasa no se comparan con la alegría y el goce de reconocerse y valorarse a uno mismo.
Esta foto es de la primer marcha del orgullo a la que fui, en Buenos Aires. Una fiesta inolvidable de principio a fin.
Y estas son en Santa Fe, mi ciudad, momento más que significativo.
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Espero que les haya gustado mi post. Pero principalmente que, si están en el clóset, busquen el apoyo en quienes más crean que pueden llegar a dárselo. Y si conocen a algún amigo que esté pasando por ese momento paradigmático de la vida, sean ese apoyo.
¡Saludos!
Diego.