Creo que este será uno de los últimos, si no el último, post que publicaré antes de irme de mi país natal. Todos estos años que he despedido a muchísima gente recurría en mi cabeza lo difícil que era despedir a alguien y uno quedarse solo y en medio del desastre. Pues, aunque duela bastante, debo reconocer que irse y dejar a quienes quieres es mucho peor. Siempre pensé que irse sería algo fantástico. Aunque lo es y nunca dudé que dolería, no sabía la magnitud de lo que me esperaba.
El primer golpe fue cuando compré mi pasaje. Cuando haces esto ya sabes que no hay marcha atrás. Te envuelve un sentimiento de incredulidad - ¡si! al fin vas a salir de este infierno - pero al mismo tiempo un sentimiento de angustia te ahoga - sí, ya no verás más a tu familia ni a tus amigos -. Sin embargo, el humano tiene una capacidad increíble para reprimir e ignorar cosas, así que tragué grueso y continué como si nada.
El segundo golpe fueron las fechas navideñas. Claro, eje anual de la nostalgia. Recuerdas a quienes se fueron, quienes abandonaron este mundo y te hace mucho más consciente de aquellos que te rodean. Puede que sean las últimas fechas navideñas que estén todos juntos. O que para que ocurra de nuevo tengan que pasar muchos años.
De ahí en adelante todos los días he recibido golpe tras golpe. Ahora no solo siento tristeza por quienes dejo atrás sino mucho miedo de que algo les pueda pasar. Ojalá todos los que quiero y los venezolanos que estén leyendo esta publicación logren migrar pronto. Si no pueden hacerlo, por el motivo que sea, cuídense mucho.
No hay mejor modo de despedir este último post que escribo en mi país con sus cielos y su Ávila. Como ya había expresado en otros posts, el cielo es un fiel reflejo de la naturaleza cambiante del hombre, y al igual que el océano, es con lo que más me identifico. Esto no significa que sea la última vez que escriba sobre mi país, solo que ya no estaré en él.
Saludos.