Desde los tiempos más antiguos el hombre ha buscado ese lugar idóneo, donde no existe el sufrimiento, dolor, donde nada falta y donde se supone que hay abundancia de todas las cosas que nos harían felices y sobretodo una nueva oportunidad para comenzar desde cero. El paraíso. Los españoles creyeron encontrar el Edén cuando se embarcaron en un viaje temerario a través del globo terráqueo hasta encontrar el Nuevo Mundo. Impresionados por la pureza, la inocencia de sus habitantes, la cantidad de flora, fauna, y la abundancia de todo los llevaron a pensar que se habían encontrado con un verdadero paraíso. Para muchos, este lugar significaba un nuevo comienzo en una tierra afrodisíaca donde dejarían todos sus problemas en el Viejo Continente. Sin embargo, los encuentros bélicos con los buen salvajes, los terrenos desconocidos, el clima hostil y muchas otras dificultades que fueron encontrando en el camino cambiaron su primera impresión sobre el Paraíso.
Parece que el hombre va en busca siempre de algún paraíso terrenal que nunca logra encontrar. Utopías, valga la redundancia, inalcanzables. Incluso hoy en día vivimos en la esperanza de dejar algún tipo de peso atrás, o de traer con nosotros aquellos buenos momentos que vivimos hace muchos años o empezar a emprender una carrera interminable para encontrar nuestro paraíso personal. Es lo que he tratado de definir y dividir en los dos paraísos que hemos creado: el olvidado (o pasado) y el futuro.
El olvidado:
Pues, en las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique, este no se equivocaba cuando decía que (…) como a nuestro parecer cualquiera tiempo pasado fue mejor. La nostalgia nos consume y provoca que cualquier experiencia, incluso aquellas que al vivirlas nos resultaron dolorosas, parezcan como los mejores momentos que hemos vivido o que daríamos todo por estar ahí una vez más. Y cómo deseamos volver a aquello o traer un poco de eso con nosotros. Por lo menos, algo común de la mayoría de los venezolanos, es pensar que en la cuarta (período de relativa comodidad para la clase media y alta) todo era mejor. Había más comida, más diversión, más seguridad, todo era mejor hasta que… Hasta que el presente con sus tacones entró a la habitación con toda la intención de hacerse notar. Y no les voy a mentir ni me voy a mentir a mi misma. Sí, la mayoría de las cosas eran mejor pero, ¿acaso en ese entonces pensábamos así? No. Seguíamos recurriendo a otro tiempo pasado. Que si cuando se podía viajar para Aruba todos los fines de semana, cuando se podía comer esto o lo otro, cuando tal persona era presidente y cosas por el estilo.
El futuro:
Acá podemos encontrar a nuestras esperanzas. Miento, nuestras falsas esperanzas. Pensamos en que todo eventualmente cambiará, que ocurrirá un acontecimiento que nos moverá hasta los mismos cimientos de nuestro ser y que haremos las cosas de un modo diferente. Todo será mucho mejor, seremos más felices, responsables, aplicados y habremos, para ese entonces, logrado un sin fin de metas que teníamos planeadas desde que nos encontrábamos en el otro paraíso, el del olvido y que aún no lo sabíamos. Que si cuando emigre voy a ser feliz, que si cuando cambie todo más adelante me devuelvo a mi país y todo será como antes.
Y así vamos sucesivamente toda nuestra vida en una eterna rotación entre nuestros dos Edén y tratando de evitar a todo costo el presente. Es así hasta que un día este se empareja en la carrera con nosotros, nos da una zancadilla y termina la carrera final.
¡Saludos a todos!
Espero que hayan disfrutado el post.