A veces los poemas son como espaciosos palacios con variados aposentos que nos transportan a mundos insospechados. Al paso de un salón a otro vamos descubriendo nuevos ámbitos hasta llegar, tras puerta escondida, a la cámara oscura en que un rayo de luz nos desvela el pasadizo secreto, la clave del misterio y la solución del enigma.
Así sucede con este poema de Alberti, que se presenta sencillo, pero poco a poco se complica. Tal vez merezca la pena releerlo detenidamente y escucharlo en la voz de Serrat:
Su antesala nos sitúa ya en un universo de inocencia, libertad y paz representado por la paloma; aunque dos trazos lo ensombrecen. Son las equivocaciones, que en los siguientes escenarios van adquiriendo tonalidades preocupantes: algunas confusiones son menores (peinados por el viento, el trigo y el agua se parecen; el mar y el cielo quedan fundidos en la lejanía; y las gotas de rocío semejan estrellas), pero otros extravíos (norte por sur, noche por mañana y calor por nevada) son ineludiblemente aciagos…
Al traspasar el umbral a otra estancia todo se transforma y nos encontramos con un nuevo e inesperado universo de desatinos (Que tu falda era tu blusa; / que tu corazón, su casa): de pronto nos hemos visto sumergidos en una atmósfera de feminidad y amor; pero de amor equivocado, desventurado, profundamente desgraciado. De la candidez e ingenuidad inicial hemos pasado imperceptiblemente a un estado de tribulación y calamidad generalizadas.
La última estrofa es la cámara secreta (Alberti la ha encerrado entre paréntesis) y encontrar su salida no es tarea fácil: en un primer momento pensamos que ella es la mujer, pero no; si nos detenemos a pensar, encontraremos que ella es la paloma, y tú (tu falda, tu blusa) es la mujer. Sin embargo, no cuadra el sentido de una paloma dormida en la orilla y una mujer en la cumbre de la rama…
Hasta que un rayo de lucidez nos desvela el misterio: tras el cataclismo del amor equivocado, el cosmos se convierte en caos, y un sinsentido universal se ha adueñado de la vida…