Terminó el verano. Tengo interiorizado desde niño que todo septiembre ya es otoño, como diciembre invierno, marzo primavera y junio verano. Y así lo siento, aunque la astronomía retrase cada estación hasta el veintiuno. Todo a mi alrededor apuntala mi aprehensión: se diluyó la invasión de los turistas, niños y adolescentes vuelven a sus clases, las playas muestran su cara más plácida, el fútbol anual se ha puesto en marcha y un imperio de los sentidos inunda las fruterías e incita a la gula de las acuosas peras y las uvas moscatel, a aspirar el olor de los melocotones de Periana, a palpar la tersa piel de las manzanas frescas, a deleitarse en el dulzor de los apetitosos higos de la reina, a paladear la pulpa de los almibarados caquis o a abrir en dos una roja granada y degustar su mosto… Son placeres prohibidos durante nueve meses, que ahora nos llegan a raudales, cual nueva vendeja, desde la Axarquía y desde la Hoya de Málaga, frutalmente abierta al mar.
Con el paso de los años han cambiado mis preferencias estacionales. De niño y joven me inclinaba decididamente por el verano, pero ahora mi atención está puesta en la primavera: a finales de enero ya estoy pendiente de la floración de los almendros; desde marzo me impaciento con la aparición de los primeros brotes de mi parra; y sonrío en la oscuridad de la noche cuando, antes del alba, el canto de los mirlos me despierta en abril.
También el otoño concita otras aficiones. Es el momento de disfrutar a sabor y sin estorbo de luz, sol, mar y sal, cuatro monosílabos que connotan todas las esencias de este Mediterráneo malagueño: fulgor de luz, calor de sol, olor a mar, sabor a sal... Llevo años buscando destellos de felicidad, y es en estos tibios días de septiembre cuando creo poder encontrar ese estado de ataraxia, de serenidad, de insensibilidad absoluta solo posible frente a este mar calmo, reverberante de sol y envuelto en luz. Además, el regreso a la realidad circundante desde este limbo luminiscente no me causa ningún abatimiento, pues me esperan un baño en agua tibiamente fresca, una caña bien servida y un espeto en su punto, que no cambio por el mejor mantel. Y luego, ‘tendido yo a la sombra esté cantando’.
No aspiro a más.