La corta batalla, fue una derrota aplastante e inevitable. Los exploradores orcos, en silencio e invisibles, habían seguido los movimientos de la tropa desde que ésta abandonó la ciudad. Los elfos de alto mando confiaron demasiado en su afilada visión, más nunca vieron a los astutos espías orcos. La emboscada los tomó completamente por sorpresa. Un gigantesco dragón purpura, envuelto en una nube, se lanzó en picada, sobre la armada de Glaudien. Una llamarada de fuego azul prácticamente vaporizó a la mayoría de los desprevenidos elfos. La formación fue disuelta. El caos reinó entre sus filas usualmente organizadas, fue un sentimiento demasiado nuevo para ser digerido. Los atacados se sumieron en la desesperación bajo la sombra del dragón, que los cubría como un manto oscuro y asfixiante. El reptil lanzó un bufido de orgullo, aterrizó sobre sus patas traseras, y miró con un gesto de aprobación el terror generado en las tropas enemigas. Desde el bosque, sorpresivamente cientos de orcos se lanzaron a la batalla montados sobre gigantescos jabalíes. En lo alto de la colina, el horizonte se plagó de toscos arqueros quienes rociaron el campo con una lluvia de flechas. Los cuerpos sin vida del ejército de la luz alfombraron la llanura.
El general Aratëal logró escapar por poco, rodó a escasos centímetros de la llamarada. Sintió el fuerte calor de la armadura calentando su piel, pero eso no fue nada comparado con el fuego de sus ojos. El dragón dirigió sus ojos pútridos, de un color anaranjado y lanzó una mirada desafiante al campeón de los elfos, quien aceptó su invitación encantado, la ira fluía en sus venas. Sentía el poder arcano cobrar vida en su interior. El cuerpo del viejo general fue rodeado por un aura de luz celeste y parecía un dios más que un ser vivo. De su mano derecha brotó una espada con la silueta de un rayo, mas esta era de luz pura, no metal. En su brazo izquierdo se forjó un escudo de metal pulido y brillante con el emblema de la casa de Alumiân. Los jabalíes retrocedieron instintivamente, más el draco se lanzó decididamente sobre el general; su cuerpo inmundo y gordo reptaba ágilmente sobre el suelo en llamas. La batalla de titanes era imponente. Ambos bandos quedaron petrificados sin poder hacer más que mirar. La espada era la voluntad del guerrero, ésta se transformaba en un largo látigo de luz y así él mantenía distancia del agresivo reptil. Esquivando sus llamas, atacando e hiriéndole letalmente en cada retroceso. Saliendo de su estupefacción un teniente orco lanzo un bramido de batalla y obligó a su aterrada montura a cargar contra la armada enemiga, la grotesca horda siguió al caudillo hacia donde los elfos se reagrupaban. El venerable guerrero elevó el cuerno de Übern y sopló a todo pulmón. La llamada rebotó entre los montes con una fuerza sobrenatural. Los elfos despertaron ante el bramido de ese cuerno que jamás roto, había sonado ya en mil batallas. Llevaban en sus arcas la valiosa gema de Güliner, o “la voluntad de la amazona”. Los orcos se abalanzaron sobre el ejército elfo, mas éstos envalentonado por el ruido del cuerno que aún hacía eco en las montañas puso resistencia a los embates. Clavaron sus largos escudos en el suelo formando una sólida pared donde los jabalíes se estrellaban, una vez sucedido esto, la pared se abría y unas lanzas salían para ensartarse en su jinete, que caía sin vida. Reducidos en número, el ejercito del elfos era de la elite. Aunque los aventajaban en 30 a 1 sin contar a la gigantesca bestia escupe fuego.
Luniem era una joven teniente, hija menor de Aratëal, el antiquísimo general. Era diestra con las dagas, ágil y delgada. Prodigio en las artes arcanas, manejaba los elementos a la perfección y su comunión con la naturaleza era excepcionalmente íntima. Se había salvado del fuego por estar separada del grupo, siempre alerta; mas no lo suficiente como para ver a un dragón veterano escondido en gruesas nubes. Luniem conocía los poderes de su padre, mas no creía en la victoria de los suyos. Estaban rodeados, calcinados, heridos y ya habían perdido a la mayoría. Estaban a varios días de camino de la ciudad. El destino de la batalla ya había sido decidido. Su cabeza trabajaba a velocidad vertiginosa.
El grito de su padre la sacó abruptamente de sus pensamientos - Ünuc ledâbb sifú Luniem (“Luniem toma la piedra y desaparece”)- Su padre era astuto como poderoso, ambos habían llegado a la misma conclusión solo que la joven no tenía la frialdad para dejar a su padre solo. –Luniem sac nerû! (“Luniem es una orden!”) – Mordiendose el labio, la elfa acarició la piedra que estaba en su bolsillo. Respiro hondo, dio media vuelta y de un salto comenzó a correr sin mirar atrás –Saru mel anak! “Saru guíe tu espada”- grito mientras se alejaba hacia la protección de los árboles. La delgada elfo corría por el bosque, fluía ágilmente entre los troncos ennegrecidos por el fuego del dragón, murmuraba algo. Sus pequeños pies siquiera tocaban el suelo. El murmullo se fue creciendo en su sonido, mas era como una respuesta y no sonido producidos por ella. Una brisa comenzó a soplar detrás de sus pies, mientras las hojas de los árboles bailaban a su alrededor. El murmullo, eran ahora palabras del bosque. La elfa se fundió con el viento y desapareció sin dejar rastro. La piedra se salvó y fue entregada a Mëltran, quién la custodió hasta que quien fuera capaz de portarla diera lugar en la historia.