
En esta oportunidad el #Reto12Votos de @Club12 nos invita a pensar en una palabra que a la vez es una cifra:
¿Cincuenta (50) será un número mágico? La mayoría de las usuarios miembros activos de nuestro #club12 oscilan en edades entorno a ese número. Llevamos semanas recordando que 52 semanas completan un año y no tardamos en ver una similitud. Nuestro reto madura, adquiere otra belleza, la experiencia del pasar del tiempo, la que no viene en los libros... ¿Para ti, qué representa?
Si bien mi edad aún no alcanza esa cifra redonda, la palabra y su connotación numérica sí me hacen pensar en la edad de alguien. El post principal pregunta: "¿Cuáles son los recuerdos que vienen a tu memoria cuando lees sobre esta representación numérica?" Pues, resulta que ese número trae a mi mente diferentes anécdotas, de las cuales compartiré tres, todas relacionadas con la misma persona: mi padre.
Al oír la palabra (o ver el número) cincuenta uno suele pensar en la mitad de algo, no sólo por una relación porcentual, sino también por una cuestión de fechas. Como un siglo es un lapso significativo, la media centuria también lo es. Y de allí emerge mi primera anécdota: mi padre nació en un pueblito cerca de la ciudad de Ibagué en Colombia en el mes de enero de mil novecientos cincuenta. Justo a la mitad del siglo XX, en la época de la post guerra, antes de la revolución sexual de los sesenta y de la guerra fría, vino al mundo el hombre que algunas décadas más tarde me acunaría entre sus brazos. Lógicamente la redondez de sus cincuenta años coincidió con el inicio de un nuevo siglo en el año 2000.
Cuando mi padre tenía casi treinta años, una difícil situación económica y social lo llevó a abandonar el país en el que había nacido. Aunque había vivido ya en otras dos ciudades además de la natal, se había mantenido dentro de las fronteras de su nación. Pero en Julio de 1979 cruzó el puente Simón Bolívar, en la frontera entre Colombia y Venezuela y llegó a la hermosa ciudad de Barquisimeto con tres cosas: una maleta con sus cosas, el nombre de la persona que le iba a dar trabajo (un italiano, conocido de unos conocidos, pero desconocido para mi padre) y un capital conformado por un billete, un único billete de cincuenta bolívares con la efigie de Andrés Bello.
Amante de los automóviles, rodeado de ellos toda su vida gracias a su taller, uno de los proyectos de mi padre había sido siempre restaurar algún vehículo clásico y finalmente lo consiguió. Adquirió un vehículo antiguo y lo fue reparando, pintando, tapizando, dedicándole horas, días, semanas, meses de trabajo hasta que por fin lo tuvo, no restaurado a un 100% como hubiera deseado, pero muchísimo más allá de lo que su perfeccionismo le impedía ver. En ese vehículo llevó a mi hermana a la recepción de su fiesta de bodas. Él conducía el automóvil, un vehículo de la década de los cincuenta: un Ford Crown Victoria del año '55, convertible, blanco con rojo.
Allí están entonces, tres recuerdos que pueden sumar ciento cincuenta, cuyo producto es de 125000, pero cuya cifra no representa más que un pretexto para publicar una entrada en este #Reto12Votos que me paseó por el recuerdo de la vida de un hombre nacido en el año cincuenta, que emigró con un billete de cincuenta bolívares y más tarde restauró un auto de los años cincuenta cuando ya tenía más de cincuenta años.
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