Las emociones humanas son complejas. Amor, odio, esperanza, tristeza, siempre tienen atenuantes, agravantes, particularidades en cada caso que dificultan la tarea de analizarlos propiamente de forma general y los celos no escapan a esta realidad. Para algunas personas, sentir celos es una demostración de afecto bajo el razonamiento de "si no te cela, no te quiere"; para otros, resultan incómodos y casi ofensivos; también están aquellos, pocos, para quienes los celos son indiferentes y los que creen que son algo natural e inevitable, pero los ocultan por temor a ser juzgados; para Ricardo Arjona, en una de sus canciones, los celos son "mitad falta de sesos y mitad inseguridad"; pero, ¿qué dice la Literatura?
Pues, la Literatura ha dicho mucho. Muchísimo. Este post no pretende ser una tesis literaria sobre los celos, ni hacer un extenso repaso por personajes y obras, así que no se hablará de Otelo, ni de Cyrano de Bergerac, referencias evidentes del tema. Antes bien, se hará uso de algunas frases contenidas en algunas obras literarias, a partir de las cuales se propiciará una reflexión sobre esta compleja y a veces discordante emoción, centrándose en el celoso, es decir aquel que siente celos, sin juzgarlo, sino procurando entenderlo a partir de las frases enunciadas. Lo primero que habría que decir es que existe una relación directa entre los celos y el pasado. En su libro Nuestra Señora de París, el escritor francés Vítor Hugo, enuncia:
“La memoria es el tormento de los celosos”
¿Por qué? Porque aunque los celos se manifiesten en el presente, es decir por algo que esté ocurriendo en este momento o el temor de algo que pudiera ocurrir en el futuro, lo cierto es que surgen por algo que ya ocurrió, bien sea dentro de la misma relación, o en otra. Si hubo algún incidente de infidelidad dentro de la pareja, los celos serán inevitables en cualquier circunstancia similar, eso es una obviedad. Pero en muchos casos, los celos se manifiestan gracias a eventos previos a la relación de pareja, ya sea una experiencia pasada del celoso (incluso puede tratarse de una experiencia ajena), o la mera conciencia de entender que, en la vida del ser amado, hubo alguien antes que ella/él. “Los amores pasados siempre ofenden a los amantes nuevos” dice Javier Marías en su novela Todas las almas y en un plano similar, aunque con mayor énfasis, Humbert Humbert, protagonista de Lolita, la novela más célebre de Vladimir Nabokov, cuenta:
“Siempre había advertido lo posesiva que era, pero nunca pensé que se mostrara tan demencialmente celosa de todo lo que había ocurrido en mi vida que no fuera ella. Mostró una curiosidad tremenda e insaciable por mi pasado. Hubiera deseado hacerme resucitar a todos mi amores, para obligarme a insultarle, a pisotearlos, a rechazarlos, a apostatar de ellos, por así decirlo, por completo, a fin de destruir mi existencia anterior”.
Esa abjuración, ese exorcismo muchas veces exigido por el amante, no necesariamente tiene raíces ruines. Sucede que a veces, el amor es tan absolutista, tan totalitario, quiere abarcar tanto, que se manifiesta con el deseo de que el ser amado "no tenga pasado alguno ni pueda ser feliz al recordarlo" (El libro de la risa y el olvido de Milan Kundera), estableciendo así una lucha contra fantasmas (corpóreos, sí, pero fantasmas del pasado) que puede entorpecer la relación sin una razón real. Por ello, hay quienes consideran que los celos son una enfermedad, porque, citando a Mario Vargas Llosa en su ¿Quién mató a Palomino Molero? (lugar impensado para hallar esta cita):
“Los celos perturban el juicio, no dejan razonar”.
Claro que esa obnubilación no es exclusiva de los celos, casi cualquier emoción, cuando es sentida con intensidad, enturbia el razonamiento. Sin embargo, los celos intensos habitan un territorio difuso entre amor, rabia, posesión, rencor, desconfianza y - hay que decirlo - miedo. Después de todo, ¿qué son los celos si no el temor de perder al ser amado a manos de otro? Por eso, aunque se despotrique, se hagan rabietas y se pronuncien insultos, la raíz de esa agresividad suele ser el miedo, un temor que a veces perturba más porque los celos resultan inevitables. Tal es el caso de Teresa, la amante de Tomás en La insoportable levedad del ser de Milan Kundera cuando dice: "No quiero tener celos, pero no tengo fuerza suficiente para impedirlo".
Ahora bien, de todo lo que se ha dicho, ¿debemos concluir que los celos son malos? La suspicacia, la respuesta ante una posible amenaza, ¿es sólo una enfermedad? En una de las historias de La mujer rota, Simone de Beauvoir dice: “Los celos no son innobles el verdadero amor tiene pico y garras”, entendiendo que los celos son una defensa del amor ante una circunstancia que lo amenaza. Visto así, los celos pueden ser, en algunos casos, necesarios (incluso útiles) y constituyen una declaración firme de voluntad, ¿hay algo o alguien que puede perjudicar mi relación? Entonces no lo acepto, no tiene cabida dentro de ella, algo así parece razonar el celoso en estos casos.
Es muchísimo más lo que pudiera decirse sobre el tema, pero valga por ahora lo expuesto para invitar a la introspección y al debate sobre esta emoción, ¿cuál frase de las expuestas te gustó más? ¿con cuál te identificas? ¿crees que los celos son sólo una enfermedad? ¿o son una demostración de amor? ¿dónde se encuentra la línea divisoria? ¿hasta qué punto se puede o se debe celar a la pareja? ¿crees que pueden ser útiles los celos? ¿o como dice Roberto Bolaño en Los detectives salvajes crees que “Los celos no sirven para nada”? Los leo en los comentarios.
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