Déjame decirte algo, prometo no extenderme mucho, bien sabes que nunca lo hago.
Durante unos minutos, antes de empezar a escribir esta carta, el dilema entre escribir o no tu nombre, mantenía quietos mis dedos. Ahora entiendo que no es necesario ningún encabezado que te identifique, que aunque muy probablemente nunca leas estas palabras, no hacen falta esas líneas trazadas que marcan tu nombre.
Verás, creo que es momento de que dejes de ser el sueño perdido que se quedó atrapado en mi costado izquierdo. Y es que llegaste y me invitaste a dar un salto sin paracaídas. No hice más que perderme en cada uno de tus antifaces y misterios guardados bajo llave detrás de aquella muralla que nunca pude entender y ahora no me queda más que tu recuerdo amalgamado a cada noche de insomnio.
Perdona si no logro entenderlo, si me cuesta divisar aquel momento en el que el encuentro se convirtió en desencuentro. Perdona si no logro recordar cuándo fue que la ausencia le ganó a la presencia, cuándo fue que nuestras almas empezaron a unirse por el miedo.
Perdona si estas letras ya no sirven de nada más que para rememorar lo inasequible de aquel amor que alguna vez existió, pero entenderás que las letras siempre han sido mi refugio.
Nos desconocimos a mitad de una refriega sin cuartel, nos ganó el orgullo, la intransigencia de dos humanos con demasiada historia.
Nos convertimos en aquello que prometimos no ser y ahora ya no hay vuelta atrás.
Ahora camino por una ciudad que no reconozco, paso por los lugares en los que alguna vez pensé en ti y te escribo con la esperanza de encajar en la razón, en la prudencia y en la serenidad del saber que si volvemos a cruzarnos, no dejaremos de pertenecernos.
Y es hora de partir, de apagar aquel candil que tanto insistimos en dejar encendido, quizá así te encuentre, o me encuentre. De cualquier forma, es hora de despedirme de ti sin despedirme de nada.