Hay momentos en los que mis pestañas se unen unas con otras para no caer en medio de ese llanto que nubla mis ojos. Grito, pero nadie me escucha. Lloro, pero no me basta con desgarrarme por dentro. Mis manos tiemblan, como si el peligro se hallara cerca de mi. Mi piel se eriza y no puedo contener el miedo ni apagar el dolor.
Y nadie lo entiende, ni siquiera yo.
Hay momentos en los que mi subconsciente busca -
desesperadamente - junto con mi corazón el amor pero sigo huyendo de eso a pesar de que lo he buscado en millones de miradas desconocidas. Estoy consciente de que no lo puedo encontrar en cualquier sitio, que lo encuentro en el brillo de esas miradas - que me niego a admirar - de esas personas que tienen de sobra lo que yo necesito. Pero sé que, aunque muera de ganas porque alguien lea estas lineas y lo entienda, aún no estoy preparada para encontrarlo. Aunque muera de ganas de que al menos una vez alguien me haga sentir algo normal, seguiré huyendo.
Hay momentos en los que me pregunto cuánto más tardará en absorberme este vacío. Me paralizo y observo cómo el mundo sigue andando de pie mientras yo apenas logro mantener el equilibrio. Hay otros momentos en los que todo dentro de mi duele, siento en mi pecho la incomodidad de la tristeza y de la derrota, la incomodidad resultante de un alma maltratada cuyos sentimientos están llegando a su fecha de caducidad, la incomodidad de los gajes del oficio de una persona buena que piensa en los demás por sobre toda las cosas y que dejan que la traten cómo quieran.
Quizá esto sea sólo cuestión de días -a pesar de que me he repetido esto durante años- . Quizá, llegue un momento en el que esa llama de esperanza vuelva. Pero por ahora, no hay vuelta atrás, sólo me queda tratar de seguir y tratar de entrar en esa etapa de reconstrucción de lo que por dentro se está destruyendo.
Es desesperante no saber qué es lo que me sostiene, si lo supiera, no lo dejaría ir nunca. Pero, he decidido tener la ocupación constante de protegerme, al final de cuentas, si no hay nada que pueda romperte, no te romperás nunca. Sí, quizá me hagan falta pequeñas tardes mágicas en compañía, puede que no quiera que sigan maltratando a ese corazón desolado que ya no sabe qué mas hacer para sobrevivir. Pero, por ahora, es suficiente con que quieras, al menos, esconder el alma en la boca de tu estómago y hacer revivir la magia.