No pretendo entenderte, escucharte ni mucho menos dominarte o controlarte. No pretendo ganarte esta guerra luchando desde el exilio donde me enviaste.
Tampoco pretendo perderla sintiéndote cada vez más cerca y observando cómo poco a poco, con cada paso que das, te apoderas de mis sentidos.
Aunque debo admitir que he aprendido a sobrevivirte, a estar en tu eterna compañía. Debo confesar que mi mente ya no puede recordar con claridad todos aquellos momentos en los que era libre de esos pensamientos consecuencias de tu autoproclamada existencia.
Hoy sólo quiero cargarme con el fusil de mis palabras, quiero estar dispuesta a eliminar el sonido de cada uno de mis disparos con el silencio de una noche en soledad en la que me siento quién sabe cómo.
Juego a ser humana, juego a que se controlar mis acciones, a que se controlarte.
Juego a que ignoro la irreductible contradicción de mi existencia, juego a que sé respirar cuando aquello que acelera mis latidos se hace presente en mi mente, a que puedo ignorarlo. Y pierdo.
Pierdo una y otra vez.
Pero quiero que sepas que estoy tan bien como para querer creer que puedo ganar.
Aunque no quiera yo, aunque no quieras tú.