No había nada, no quedaba nada.
Te sumiste en una servidumbre disfrazada de amistad y te ahogas.
Y pasa que después de la derrota, toca levantarse, aprender, leer, reír y no volver a fallar. En cambio, después de la victoria, no que queda nada, no hay nada que hacer.
Porque nos dedicamos a hablar sin experiencia ni razón, porque hay veces en las que nos convertimos en personas vacías que no se mueven más que por una inercia sobre la cual no tenemos ningún control.
He empezado a creer que nuestro hogar no es un espacio físico, que es cuestión de tiempo, de momentos, de instantes eternos.
Y es que todos cambiamos, cambiamos tan lentamente y ni siquiera sabemos lo que tenemos. A todos nos gusta fingir, pretender que somos otras personas, nos gusta fingir que las cosas siguen iguales. Sin embargo, te miro y te sigo mirando como si puedas traerme de vuelta aquello que se supone que debe estar aquí.
La inspiración me seduce de a ratos, me seduce y envuelve todo con falsas esperanzas, con ilusiones moribundas plasmadas sobre un papel. Porque sobre las lineas jamás escritas se esconden las almas más inquietas, las almas cuyo miedo se convierte en algo etéreo y surrealista. Y está bien, ¿no? El temerle a algo real y no a las inspiración dormida, a esos fantasmas que atormentan tu mente.
La inspiración me seduce y ahora que tengo esa tranquilidad necesaria para escribir, no escribo.
Temo que mi cabeza empiece a tomarse en serio toda la sugestión y confunda la locura con enfermedad.
Pero los monstruos que se encontraban bajo mi cama se han ido y ya no hay nadie con quien hablar.