He cometido errores irremediables, hecho cosas imperdonables, y perdido todo lo más importante, como el hombre que apuesta su vida consciente de que va a perder. Ya no hay esperanza ni alegría verdadera, soy ahora sólo un hombre, sólo carne, sólo sangre, sólo consciencia sin utilizar.
Aún recuerdo con nostalgia los días en los que encontraba emoción en la más diminuta belleza, en el aleteo más sutil del ave de la juventud, que ahora me escapa, me niega y me voltea la cara. Descuida que tenerte de vuelta no se me viene a la mente a diario, la necesidad de estar en tu lado bueno sólo acurruca mi tristeza cuando ya es muy de mediodía, y sin haberme perdido en ella tengo que olvidarle.
En base a un pasado extenso y no muy exacto, las decisiones por las cuales me alabo nunca parecen augurar más que decepciones, por mi pura y concentrada culpa. Ya no soy como antes, aunque de vez en vez me encuentro a mí mismo con ganas de preguntarme ¿eres quien eres ahora o es que sigues siendo quien fuiste antes? Entreteniendo el pensamiento de que, tal vez, las cosas siempre cambian y quien nunca lo hace soy yo.
Algún día partiré de un infierno que obré con mis propias manos, dejándolo a merced del olvido, cuando no me sea necesario ni fructífero. Hasta entonces aquí permaneceremos, viéndote a la cara, y tú viéndome verte de lejos. Te extraño y te extrañé, pero espero pronto no recordarte.
Juré hace mucho, y bastante en vano, que dejaría de alabar causas sin razones obvias, comida sin sabores electrizantes, y personas sin memorias de lo que sintieron antes. Aunque las sea todas.
(Créditos a mi hermana por la fotografía que captura un poquito como me sentía escribiendo esto.)