Donde está la mente, está el tesoro.
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— Se dice que en escáneres realizados a Yoguis en estados avanzados de concentración absoluta, el cerebro del ser humano tiene la capacidad de crear una sustancia física sin igual que es secretada por la glándula pineal. Dicha secreción cerebral no se parece a ninguna otra del cuerpo conocida.
Ésta tiene efectos curativos, puede regenerar las células y quizás sea una de las razones por las que los yoguis son tan longevos o tan largos de vida.
Tal sustancia tiene propiedades inconcebible
y que sólo puede ser generada por una mente absolutamente enfocada y en un estado con concentración profunda, no muchos alcanzan dicho nivel de concentración. Sólo unos pocos entre los que se pueden destacar a los Yoguis.
— Si esta sustancia es bien utilizada,
nuestro cerebro tendría la posibilidad de desplegar poderes sobrehumanos hablando de la manera literal, se dice que esta secreción, al ser ingerida es capaz de regenerar las células por lo cual puede mantener a los viejos jóvenes.
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En el libro de Dan Brown se menciona que esta sustancia solo puede ser ingerida por las familias más influyentes del mundo y por ello es que los mantiene tan jóvenes y saludables, además de que los hace permanecer en el poder por mucho más tiempo.
Puede ser que en el origen, la Biblia, como muchos textos antiguos fuese una exposición detallada de la máquina más compleja jamás creada por el hombre; la mente humana. Con el pasar de los años hasta la actualidad, la ciencia no ha hecho más que rasgar la superficie, ver sólo la punta del iceberg del enorme potencial que posee la mente.
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— Dios es algo muy real,
una energía mental que lo impregna absolutamente todo lo imaginable. Nuestra lectura de la Biblia es demasiado literal. Decimos que Dios no creó a su imagen, pero nuestros cuerpos físicos con el pasar de los siglos han ido evolucionando, adaptándose a diversos climas. No es nuestro cuerpo físico lo que se parece a Dios, sino nuestra mente.
Ése es el gran don, Dios está esperando a que lo comprendamos. Levantamos la vista al cielo y esperamos a Dios, sin darnos cuenta de que es Él quien nos está esperando a nosotros.
«Si el infinito no hubiera deseado que el hombre fuera sabio, no le habría otorgado la facultad de conocer.»
«Si el infinito no hubiera deseado que el hombre fuera sabio, no le habría otorgado la facultad de conocer.»