El mercado está frío y solitario. Ese día la densa niebla tocaba los techos. El zinc humedecido y las nubes espesas hacían de aquel espacio un lugar tenebroso.
El viejo anda de cacería. Hoy le toca una larga jornada, llena de moscas y mucha leña. Trabaja en un mercado vendiendo comida y el desgaste se le nota a kilómetros de distancia. Es joven, pero el día a día le ha maltratado la piel, haciendo que le nazcan manchas y más arrugas de las que puede tener una persona de su edad. Se levanta a las tres de la mañana de lunes a sábado, los domingos hace una excepción: abre más tarde el negocio.
Los días de sopa sale de su casa antes que cualquiera. Va siempre a seleccionar la más sabrosa carne. Está oscuro y hoy le tocaba hacer ese rico caldo con verduras que tanto le gustaba a sus clientes. Para que nadie lo escuche agarra los zapatos y se los coloca una vez que sale por la puerta, toma las llaves sigilosamente y emprende su camino.
El viejo tiene largas ojeras y ésto hace que sus ojos se vean más profundos. Se afeita la barba todos los días y prefiere estar calvo. Su esposa siempre le dice: "Afeítese pa' que no le caiga pelo a la comía". Él nunca ha entendido, porque ella también tiene cabello, pero para no crear conflicto se rapa la cabeza. En una de sus manos tiene un leve tip que simula un corrientazo repentino. Tiene una manera de caminar empinada, debido a que una pierna es más larga que la otra.
Consigo lleva una pala y un hacha para conseguir ese gran manjar que atrae a la más numerosa clientela del lugar.
Anselmo Calderón (el viejo) o también conocido como "El herrero", por su habilidad con las herraduras de caballos, sabe de carne y cuando está fresca.
Llega a un lugar muy silencioso, abre la puerta y pasa por pedazos de concreto y mármol. Hunde la pala con destreza y rapidez, saca lo que necesita y vuelve a dejar todo en su lugar. Los grillos y la luna son los únicos testigos de aquella aberración.
Le gusta sacar los más carnosos, pues de ellos salen los más exquisitos aromas y sabores. Aprieta uno de los brazos del cuerpo y se le dibuja una sonrisa. Mira su reloj y se da cuenta de que tiene que regresar. Revisa que todo esté en orden y se va.
4:30am. Anselmo, antes de llegar a su casa, toma lo que necesita y luego lanza lo demás por un risco. El viejo es bastante meticuloso, trata de no dejar ninguna pista.
Cuando por fin llega a su casa, monta la olla y hace la sopa.
El mercado está frío y solitario. Ese día la densa niebla tocaba los techos. El zinc humedecido y las nubes espesas hacían de aquel espacio un lugar tenebroso.
Una familia decide pararse a comer en el negocio de Anselmo. No era la primera vez que consumían en el lugar, ellos formaban parte de la clientela fiel a la sopa del viejo.
-¡Anselmo!Lo de siempre, por favor. Y que sean tres.-dice el padre con confianza.
-¿Al niño todavía no le gusta la sopa?-dice Anselmo.
-Sabe que él es mañoso.
Anselmo sonríe mientras entra a la cocina de su negocio.
Un hombre pasa con noticias y dice:
-¡Anselmo! ¿no te enteraste? Consiguieron, otra vez, partes de un cuerpo.
La familia escucha, pero no le presta mucha atención al comentario. Anselmo trae el pedido a la mesa y le hace un gesto al hombre para que se vaya. Luego el padre prueba la sopa.
-Como siempre, Anselmo, muy bueno este hervido. Y dime...de dónde sacas la carne, es muy buena
Antes de que pueda responder, el niño le pregunta a su papá:
-Papá, ¿qué queda detrás del mercado?
-El cementerio, hijo.