“¡Altamira, Chacao, Los Ruices!”. Frente al instituto está la parada de autobuses. El que está concentrado lo oye, pero no lo escucha. El que está disperso lo oye, y a su vez lo escucha. “Los Arcanos”, es un instituto de yoga, ubicado cerca del Ministerio de Educación. Pequeño espacio sumergido dentro de una antípoda que no favorece o, por el contrario, favorece el doble, la concentración de los alumnos. Sea cierto o no, ya los aprendices parecen inmunes a los ruidos de la calle. El intercomunicador está al alcance de todo el que llegue. “Ya bajo” es lo que dicen cuando presionan “5*”.
En el yoga se trabaja con la polaridad y los planetas. Los lunes, miércoles y viernes son días pasivos, se comienza por la parte izquierda. Los martes, jueves y sábado son activos, se comienza por la derecha. No vino ningún hombre y todas las señoras parecen pasar de los 30 años. Es viernes: toca barra. “Una alfombra para dos o dos para cada alfombra, como lo prefieran”, dice la instructora. Todos escogen el lugar donde van a realizar el ejercicio y se acuestan.
“Cortes verticales”. Así se llama el ejercicio. La profesora indica a todos en las barras tomar aire antes de comenzar. En el yoga dicen que la respiración siempre se hace por la nariz, porque por la boca el aire entra frío. Acostados en el suelo los aprendices mueven sus piernas hacia atrás. “Retengan el aire”, dice la profesora. Cuando llegan a la posición inicial, sus piernas, otra vez, están sobre la barra. Luego alzan los brazos y trabajan otro ejercicio: “El retorno venoso”. Las personas sienten como la sangre les corre hacia abajo, para ayudar a las várices después del esfuerzo anterior.
La profesora es delgada y por su flexibilidad se nota que tiene bastante experiencia. Ella suele dedicar diez minutos para hablar de la alimentación, problemas de salud, temperamentos: La teoría de la clase. Hoy, habló de la impotencia y los orgasmos. “Tengo un amigo que conoció a una mujer y para él era tan inalcanzable que cuando llegó el momento de tener relaciones no pudo”, dijo la instructora para colocar un ejemplo. En el yoga todo tiene su origen en el propio individuo.
El calentamiento lo realizan antes de cualquier otro ejercicio para condicionar el cuerpo. “Tomo el aire, columna recta y soltamos”, la profesora siempre da las instrucciones del movimiento. “¡Crac!”, el crujido de los huesos es muy frecuente y el desequilibrio también.
La relajación toma diez minutos. En esta etapa los alumnos se dejan llevar. A unos les cuesta volver a la realidad y otros se quedan dormidos. La profesora coloca música para la ocasión y hace de guía. “Separen los pies a treinta centímetros”. Al final, la instructora menciona algunos movimientos para regresar del estado placentero.
“Tin, tin, tin”, suena el reloj que le indica a la profesora que ha terminado la clase. Los aprendices se colocan en la posición de “Loto” y hacen el saludo de paz. “Un pensamiento de paz cada día, en mí hay paz, sentir paz. La paz del espíritu es la paz verdadera, la paz del individuo será la paz del mundo. Luz en la mente, paz en el alma”, es el mensaje que la profesora dice al final de la clase. “Que tengan un feliz fin de semana”.
El vestidor es el momento perfecto para hablar de cualquier cosa. Después de hacer yoga, el ambiente puede llenarse de calor. El cuarto es pequeño y las paredes, llenas de ropa guindada, reducen aún más el espacio. Después de verse en el espejo salen a tomar agua natural que el yoga promueve para no maltratar el cuerpo. Los profesores hacen énfasis también en el uniforme blanco, y varias veces han dicho “El uniforme se coloca aquí, no lo traigan puesto”, es una “recomendación obligatoria”.
Además, gracias al Instituto de yoga "Los Arcanos" por dejarme acceder a sus instalaciones y poder crear una crónica a partir de la información recolectada.
Ilustraciones hechas a mano por mi hermano Juan Pablo