Caminaban por un boulevard la señora Carlota y su nieto Daniel. Iban de regreso para su casa. Daniel estaba exhausto, porque según él, su abuela lo torturaba con sus compras de fin de semana. Lo obligaba a caminar largas y más largas llanuras, o al menos, así lo veía Daniel. Agotados de tanto caminar deciden pararse frente a un carrito de helados.
Delante de ellos se encontraba un señor que sudaba sin parar. El hombre tenía mal humor y no podía esperar llegar a su casa para quitarse el mal olor que tenía encima. El señor pidió uno de vainilla y se puso a un lado cuando vio que la señora Carlota se disponía a pedir uno. Ese día era caluroso y aún faltaban unas cuadras para poder llegar a su casa.
Mientras pagaba, un fuerte olor le abrió las fosas nasales a la señora Carlota. Sus cejas estaban fruncidas y rápidamente agarró los dos helados para alejarse del putrefacto aroma.
-¡Uy! ¡Ese señor tiene un violín*!
Daniel voltea y ve al señor. De pronto le brillaron los ojos. Siempre había querido tocar ese instrumento. Se imaginaba frente a un ostentoso público, tocando las más armoniosas melodías. Cerraba sus ojos para sentir aquellas notas musicales. Madera pulida, cuerdas prensadas a la perfección y un arco deslizándose por las mismas. Daniel no entendía la molestia de su abuela.
Carlota, por el contrario, imaginaba cebollas. Carros de comida callejera y un mercado podrido, lleno de aliños por todos lados. Un movimiento brusco hizo que volviera a la realidad: su nieto se había apartado de ella, corriendo en dirección hacia el señor oloroso.
Daniel emocionado se para frente a él y le dice:
-Señor, señor, muéstreme el violín, que mi abuela dice que usted carga un violín.
Automáticamente, el señor entró en cólera. Carlota no sabía donde ocultarse por la imprudencia de su nieto, no sabía que sus palabras generarían ese efecto.
-¡Muchacho! Falta de respeto-. dice el señor.
Daniel no entendía. Solo quería ver el instrumento con el que tanto soñaba. De repente, Carlota lo agarra por el brazo y lo regaña.
-Daniel, deja la imprudencia.
-Pero, abuela, no entiendo, ¿qué hay de malo con un violín? Yo solo quería que me enseñara cómo tocarlo. Ese es mi sueño desde que tengo memoria.
Carlota comenzó a reírse y el niño confundido veía a su abuela con rareza. No podía parar las risas y a su vez veía la cara de su nieto, inocente de todo lo que ocurría.
-Ay, Daniel. Vamos para la casa, ya es hora de descansar.
*violín: en Venezuela se usa también para las personas que tienen mal olor en las axilas.