En lo más tranquilo de la zona rural vivían, en una casa amplia, dos hermanos. Nathan y Elliot siempre han sido muy unidos, solían vivir en la capital, en un sitio más concurrido, pero al estudiar fotografía prefirieron construir una casa más alejada, pero repleta de todas las comodidades posibles.
Elliot se sentía más cómodo en contacto con la naturaleza, pudiendo retratar paisajes increíbles. Tanto así que exponían sus fotos en la galería más prestigiosa de toda Europa. Nathan no hacía más que alegrarse por su hermano y dedicarse a otra cosa, los retratos, muchas veces la remota casa, solían rondar modelos a los que Nathan contactaba.
No le molestaba que nadie se quedase allí porque hay habitaciones de sobra, pero tenía cierta suspicacia respecto a su hermano Nathan. Él no era de todo sincero con las chicas y única razón por la que ninguna regresaba una segunda vez era porque las miraba con un fin más oscuro, un propósito carnal. Tal vez una que otra sucumbía ante sus proposiciones, pero no quita que era bastante incómodo y tal vez perturbador aquel hecho.
Una mañana inesperada, el timbre suena, era una nueva chica llegó a su casa y Elliot la recibió cordialmente.
Por el recibidor entró una muchacha pelirroja, que aparentaba menos edad por su cara repleta de pecas. También por el hecho de que le costó bastante mirarle la cara a Elliot
–Me llamo Alanna, mucho gusto. ¿tú eres Nathan, verdad?–extendiendo su mano temblorosa hacia Elliot.
–Hola, espero que te sientas a gusto aquí, me llamo Elliot, mi hermano es Nathan y él está en su estudio personal, pero puedes esperarlo aquí mientras viene–contestó estrechando la mano de la joven.
A los ojos, una modelo más, que Nathan seguramente intentaría seducir. para Elliot, Alanna estaría poco menos de un mes, pero esta vez presentía que sería diferente todas las que habían pasado antes.