Las cosas quedan con el fuego
Querido JM, quiero escribirte de las cosas que quedan con el fuego. Mientras me preparo enciendo la radio. No la escucho. Prendo el televisor. Las imágenes se proyectan a nadie. Arranco la computadora. Me siento. Respiro. Pongo música que sugiere youtube. Reviso estados financieros. Inicio facebook. Reviso una página con las noticias del día. En otra ventana veo porno. Mientras muevo el ratón pienso en el clítoris. Mi clítoris. Un dejo de olvido se perfila en la punta del dedo. Vuelvo a la prensa. Desde este cristal veo cómo el mundo se cae a pedazos. Soy una especie de astronauta que, indolente, orbitando, mira el planeta tierra. En la ausencia de dolor, intento absorber mi propio dolor al no ser quien sufre en otra parte, en algún reporte de la prensa. Sin embargo, no encuentro consuelo. ¿O sí?
Gugleo ceniza. Definición de Wikipedia. Luego Cenizas volcánicas y Cenizas volantes. Otra opción me causa gracia. Castro y Putin: Donde hubo fuego, cenizas quedan. Ahora gugleo ceniza humana. Más interesante. Acorde con lo que busco. Wikipedia me define cremación. Otro link me propone convertir cenizas humanas en diamantes. Imaginarlo como negocio me produce náuseas. Otra sugerencia recomienda la necesidad (quizá física, quizá espiritual) de esparcir las cenizas; ofrece instrucciones, aborda aspectos legales, compañías que lo hacen por una, pues si decido esparcirlas en el mar, debo hacerlo a cinco kilómetros de distancia de tierra firme. Siento la necesidad de esparcirlas. Tal vez sembrar un árbol para imaginar que ahí renaces. Pero ¿pueden unas cenizas ser alguien? Converso con el jarrón, lo acaricio. Le inquiero. ¿Eres tú?, ¿estás allí?
Decido salir. Tomo un bus. Camino. Divago. Creo que no pertenezco a esta ciudad. Ni a su multitud. Decididamente soy ajena a todos los males de incontables transeúntes, conductores, comerciantes, pordioseros, policías, colegiales, prostitutas. Subo a otro autobús. Me quedo en una playa. ¿Acudo a mi última cita con el abismo?, ¿acudimos? Este es uno de esos momentos en que las almas salen solas y los cuerpos andan como perdidos en un espacio que no existe.
Camino por la playa. Me descalzo. Quiero nadar desnuda. Detengo mi impulso. Me sumerjo en el mar. Vestida. Oculta. Al final del mar, las montañas desvaídas de la Otra Costa, y más allá la escritura de un cielo extraño. El aire perfuma mi respiración. La vuelve casi material. El cielo va cerrándose. Las nubes tapan al sol pero siento que me ciegan a mí. Todo el frío del aire marino. Todo el miedo. Y después toda la vergüenza. Se me juntan en el mismo punto inconmovible.
Un ave se posa cerca. Me devuelve tu memoria. Parece volver desde no sé qué sombra. Día nublado del Caribe. El viento de diciembre golpea la última certeza de algo que ya debiera morir. La vida pasa arrastrada y la lluvia apaga nuestros pasos. Ni siquiera sé quién ni por qué fui llamada a este convite de tantos años después. Lloro. No es este el lugar para esparcirte. Floto. El mar me expulsa en su oleaje. Miro el mundo. Me irrita que siga girando como si nada.
Intento tomar un bus. No me permiten subir empapada. Espero a secarme. Voy nuevamente a la ciudad. De los autobuses, las personas salen vomitadas, dan pasos a la intemperie. El sol emerge iluminado por haces pulcros, límpidos. Camino. Una pereza insondable me disuade. Entro a un parque. Lo atravieso. Voy esparciendo algo de las cenizas. Algo del polvo se me adhiere al cuerpo. ¿Eres tú que vuelves a mí?
Una zona del parque parece un viejo erial. Las matas de mango se erigen inmensas. Junto a la hierba espesa y la rotunda claridad de la tarde, todo adquiere el tacto de una suave bandera, un oasis. Veo a un par que se toman de la mano. Besándose, creen que se aman y creen que será eterno. Él dice algo al oído de ella. Ella acaricia su pelo. Sus bocas se confunden. Parecen dos idiotas que ejercen impunemente su deseo a la luz del día y a la vista de todos. Siento envidia. No. Siento lástima. Los miro con sorna. Yo he vuelto de la catástrofe que ellos no saben está punto de sucederles.
Sin darme cuenta he arrojado toda la ceniza. Ha quedado casi en el mismo lugar. La tarde, tan delgada, es un mareo. Un torbellino donde me siento nogal. Con las cenizas se marcha un dolor físico alojado en mis vértebras. La alegría del domingo me es ajena. Pero en las voces, en las bicicletas, en los incansables columpios, hasta en las ropas de la gente y en la arena, parece que encuentro sentido a la ciudad. La corteza en los troncos de los árboles, ancestrales, parece el testimonio único del tiempo entre tanta agua eterna y tanta flor que muere bella.
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