Fomentar la imaginación
Como la paleta de un pintor, la inteligencia humana está hecha de mezclas y combinaciones. El humano aprende por imitación. Las historias contadas ancestralmente son las mismas que se cuentan ahora, pero mezcladas. Inventar es combinar todos esos colores que nos son conocidos para encontrar un tono único, un estilo, una nueva receta, un brillo que destaca entre todos por la mezcla tan original que lo rodea.
En pocas palabras, en un estilo propio no tienen cabida los lugares comunes (comúnmente) empleados.
A.D. Serillanges nos dice:
“La verdad del estilo descarta el clisé. Llamamos de este modo a una verdad antigua, a una fórmula que se ha hecho común, a un lote de expresiones que antaño fueron nuevas y que ya no lo son precisamente porque han perdido el contacto con la realidad de la que nacieron, porque flotan en el aire como vanos oropeles que se sustituyen a un vaciado ardiente, a una transcripción directa e inmediata de la idea.
O como dice Valery, "el automatismo desgasta las leguas.”
Un escritor novel vive un proceso similar al de un artesano que apenas aprende el oficio. Sus primeros trazos serán forzados e inseguros. El resultado final no tendrá una armonía por culpa de esas afectaciones, sin embargo, el artesano aprendiz debe primero preocuparse por la funcionalidad de su obra antes de que aprenda a perfeccionar el detalle, no caer en errores comunes. Como un aparato, un texto funciona o no. Es fácil distinguir un escritor novel por lo florido de sus expresiones. Borges decía que en un principio se busca ser barroco y complejo, y conforme el tiempo y la experiencia pasan, el autor descubre la belleza (dificilísima) de la sencillez.
Serillanges continúa:
“Un gran estilo consiste en el descubrimiento de los vínculos esenciales entre los elementos del pensamiento y el arte de expresarlos excluyendo todo balbuceo accesorio.”
Decir: “cuando vi sus labios tan rojos como una rosa no pensé sino robar uno de sus besos”, es una frase gastada y víctima de la contaminación mediática. Construir una historia de amor basada en una bella sirvienta que terminará por enamorarse del acaudalado y guapo patrón, es un clisé telenovelesco. ¿Cómo salir de ellos? Conociéndolos y reconociéndolos en nosotros mismos.
Todos deseamos enamorarnos y superar nuestra mundana esencia. Sin embargo, las formas de narrar esa historia pueden ser tan variadas y originales mientras más reconozcamos esas vacías y contaminadas ideas del amor en nosotros. Por ejemplo: más original sería narrar a una mujer que, en pleno siglo XXI, decide seducir y enamorar a su hermano. En una historia así, los protagonistas tendrán que luchar contra todos los convenios socialmente impuestos, y eso, ya tiene tintes de originalidad, denuncia y frescor. La reto en esa historia, es: ¿cómo volverla apasionante, o hermosa?
La clave es identificar los lugares comunes de nuestro propio pensamiento. Jorge Luján nos habla de ello en este breve video:
Horacio Quiroga en el Manual del perfecto cuentista nos propone los lugares comunes como una herramienta potencial para enriquecer la narrativa. ¿Cómo? Invirtiendo su sentido:
Existe un truco singular, poco practicado, y, sin embargo, lleno de frescura cuando se lo usa con mala fe.
Este truco es el del lugar común. Nadie ignora lo que es en literatura el lugar común. 'Pálido como la muerte' y 'Dar la mano derecha por obtener algo' son dos bien característicos.
Llamamos lugar común de buena fe al que se comete arrastrado inconscientemente por el más puro sentimiento artístico; esta pureza de arte que nos lleva a loar en verso el encanto de las grietas de los ladrillos del andén de la estación del pueblecito de Cucullú, y la impresión sufrida por estos mismos ladrillos el día que la novia de nuestro amigo, a la que sólo conocíamos de vista, por casualidad los pisó.
Esta es la buena fe. La mala fe se reconoce en la falta de correlación entre la frase hecha y el sentimiento o circunstancia que la inspiran.
Ponerse pálido como la muerte ante el cadáver de la novia es un lugar común. Deja de serlo cuando al ver perfectamente viva a la novia de nuestro amigo, palidecemos hasta la muerte.
Yo insistía en quitarle el lodo de los zapatos. Ella, riendo, se negaba. Y, con un breve saludo, saltó al tren, enfangada hasta el tobillo. Era la primera vez que yo la veía; no me había seducido, ni interesado, ni he vuelto más a verla. Pero lo que ella ignora es que, en aquel momento, yo hubiera dado con gusto la mano derecha por quitarle el barro de los zapatos.
Cuando un escritor dedica tiempo y práctica al arte de la narrativa, comienza a sentir sus historias llenas de paja, de palabras innecesarias. Primero combatirá contra los adjetivos, después contra los adverbios, y así irá puliendo sus frases hasta dejarlas nítidas. Esa claridad es de la que habla Santillanges: “El floreo es una ofensa al pensamiento, a menos que sea un expediente para ocultar su vacuidad. En lo real, no hay floreos; solo necesidades orgánicas… Una frase, un trozo, deben estar constituidos como un gajo viviente, como las ramificaciones de la raíz, como un árbol. Nada debe sobrar ni sobresalir; todo ha de estar en la curva pura que va del germen al germen que debe nacer en el lector y ha de propagar la verdad o la bondad humana”.
El escritor es un observador. Le parecen ofensivos sus colegas de oficio que beben alcohol, fuman compulsivamente y andan mal vestidos diciendo que son poetas. Si las personas encarnan los lugares comunes, ¿cómo sus texto no caerán en ellos? Observar y denunciar. Nuestras vivencias son irónicas en todo momento. Dijo Tolstoi: “la vida es una historia contada por un idiota.” En el escribir está el descubrir nuevas perspectivas. El arte necesita una frescura que no viene del genio sino de la visión única del autor. Descubrir esa perspectiva es más importante que sentarse horas a leer lo que nos han dicho que tiene que ser leído.
Muchas veces comprender nuestras propias carencias literarias es un acto difícil de lograr por uno mismo. ¿Cuándo estamos listo para publicar, cuándo no? Cada vez que nos sentamos frente a la hoja en blanco damos lo mejor de nosotros. A veces unos ojos frescos son necesarios para encontrar en nuestros personajes, en nuestras historias, aquello que vive pero podrido por el tacto de demasiadas manos. Someter nuestras obras a taller es un gran principio para avanzar en el arte de la literatura.
Comparte
¿Qué piensas de los lugares comunes? ¿Qué técnicas has implementado para erradicarlos o usarlos a tu favor?