Como escritores, enfrentamos un proceso inevitable: la corrección. ¿Qué palabras dejar, cuáles quitamos? ¿Qué ideas son repetitivas? ¿Qué adjetivos son innecesarios, cuáles brindan un color inigualable?
El proceso de corrección es complejo, porque buscamos los errores de nuestro pensamiento usando nuestro pensamiento. ¿Paradójico? Es la misma complejidad como estudiar una partida perdida en el ajedrez, y tratar de nosotros mismos encontrar nuestros errores cuando hace unas horas nos parecían las mejores movidas.
Por eso mismo, la importancia de nutrirnos de opiniones amigas, de ojos ajenos que nos pueden develar cuáles son nuestros aciertos en un texto, y cuáles son los puntos a mejorar.
Con el entusiasmo de los próximos talleres literarios, dejo esta entrevisté a Jorge Luján donde nos brinda información valiosa sobre el proceso de corrección, y posteriormente, un ensayo inigualable del maestro Alejo Carpentier, que trata puntualmente el uso de los adjetivos y sus potenciales riesgos.
FUENTES:
El adjetivo y sus arrugas
Alejo Carpentier
El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse “un tono de época”. Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.
Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.
Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.
FIN