La vuelta de la guerra
@Poesiaempirica
Sólo cuando el cielo se ensució de gris, creyó en los muertos. El bosque que se abría frente a la parcela ahora mostraba figuras retorcidas y amorfas en conjunción a los cambios de luces. El viejo Ray se levantó, erizados los vellos de la nuca, con una inquietud terrible. Intentó examinarla a la luz de la razón, pero fue un acto reflejo, puramente instintivo, lo que le hizo volcar la cerveza en el porche de madera y revolver la habitación trasera en busca de su escopeta. Se sentó de nuevo, insultando mentalmente su actitud de niño asustado por la noche. Sin embargo, había algo en un pedazo enmarañado de su mente, que seguía atemorizado. El viento frío del norte, al pegarle la franela de cuadros, le causaba una íntima sensación de placer y escalofrío. Maldijo al gordo Larry Over por no haber venido aquella tarde traqueteando por el camino de tierra con su camioneta. También dijo que le ayudaría a cambiar los fusiles del ático. Simplemente un holgazán. Pero un holgazán divertido, que lo hacía reír todas las tardes mientras se refrescaban con una cerveza. “¿Oye Larry que le ha pasado a esa mejilla tuya, ese raspón que tienes ahí?” “Tú lo sabes Ray. Fue de la vez que me enterraron” Luego su gran barriga bamboleándose de risa. Ahora, frente al baile truculento de los árboles en el crepúsculo, ya no daba tanta gracia. Se podría decir que algo latía, a punto de salir de aquella oscuridad. Ray se tocó la barba poblada de hace tres días; tenía que afeitarse y quizás, al dirigir una mirada al montón de latas vacías, asear un poco la casa. Hasta pensó si quizás no sería mejor parar de beber, a lo mejor estar ebrio le producía esa llaga de resquemor que no lo dejaba tranquilo. Esperando, esperando. Desde que había regresado al pueblo de aquella guerra sin sentido, se había sentido defraudado. Allá en el frente tuvo la ilusión de los días pasados y gracias al cristal de la nostalgia imaginaba al pueblo lleno de vitalidad. Sólo al pisar de nuevo el viejo entablado de madera enmohecida y ver aquel bosque indolente, entendió que las peores guerras son las que vienen después. Sólo la cerveza podía extraviar un poco aquella incertidumbre. Y claro, el bueno de Larry, él también había regresado. Aunque nunca le preguntó cuándo había vuelto, sólo apareció allí, con su gran grúa roja, como antes. El aire se metió entre las junturas de la madera haciéndolas silbar de manera extraña. “Vaya pero que estúpido debo verme aquí sentado” pensó Ray. Aun así esa masa grotesca, supurante de misterio, que era una arboleda durante el día, la causaba una viva impresión de pánico. Y es que ese mismo matiz mugriento, triste, eran los ojos de Larry Over al preguntarle qué habían dicho de su vuelta al poblado. Esa tarde Ray creyó que se debía a una mera actitud reservada que adquirió en la matanza de hombres, pero al intentar, cada vez con mayor ahínco, indagar en la vida del gordo Over a su regreso, este apuraba su cerveza y contemplaba el bosque. Ray en esos momentos no podía evitar sentir una curiosidad mórbida mezclada con fascinación. También estaba esa rareza que Larry parecía haberse traído del pelotón, de nunca dar la espalda. “Pero hombre, si somos amigos de toda la vida Larry” A pesar de todo, este se mantenía en sus trece. En ese instante al observar como el mundo era masticado por la noche, Ray pensó en no darle nunca más la espalda a ese bosque tenebroso. No importaba que durante el día pareciera fresco y verde. Realmente era un lugar tétrico, lleno de tinieblas. “Como quisiera una cerveza” se lamentó al pensar que la cava la había dejado cuando fue a buscar la escopeta “¿Pero qué espero?” se preguntó. Pero él lo sabía, lo supo desde que llegó al pueblo y le dijeron que el gordo Larry no había vuelto del frente. Sabía porque no se volteaba a verle. Había asistido a su funeral, sólo que no lo recordaba por la nube de la borrachera. “¡Qué triste! ¿verdad, Ray? Como las cosas cambian” Voltéate. Voltéate. “No puedo Ray. Sabes que no” Y claro que lo entendía. Larry Over había muerto con un balazo en la nuca. Luego él había regresado en su grúa roja pero...esperando...esperando. Del bosque le llegaron unas pisadas.
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