La visita del pérfido Juan
Henry Calú
–¡Yo soy muy malo!– Y bajando un poco el tono de voz, sigue: –Este es el típico grupito de apoyo, …se reúnen aquí para hablar de sus patéticas vidas!–
Inmediatamente Carlos presenta a Juan ante el grupo, haciendo un gesto para que su primo se siente en el suelo con el resto… –Juan es mi familia, está bajo la tutela de mis padres tras haber perdió a los suyos en un trágico accidente que jamás se solucionó–
Mientras Carlos le daba la bienvenida a todo el grupo, Juan se disponía a ayudarlo en la preparación de los refrescos que ofrecerían a cada invitado. –¡Ustedes siéntese ahí… que yo preparo el refrigerio!– Así decía en al mismo instante de estar picando el hielo y colocándolos en cada vaso sobre la mesa.
Carlos observando la seguridad de Juan, le respetó su ánimo y ganas de colaboración. Comenzó hablar de su vida y de los motivos por los cuales empezaba hacer esta reunión terapéutica. –Estoy terminando la carrera de Psicología…–
De vez en cuando Juan le interrumpía, aportando comentarios burlones a su primo. No le agradaba mucho estar y compartir en el grupo. Luego, toma la palabra otra persona, la cual relata que jamás en su vida había sido amada por ningún hombre hasta que apareció su “príncipe azul” y en pleno acto sexual le arrancó la oreja y parte del labio inferior. Juan al escuchar esto, le dice con voz irónica en plena sonrisa –Es que el tipo pensó que se acostaba con una sirena, porque hueles a pescado crudo–
Ninguno de los miembros se reía, ni expresaba palabra alguna por el comportamiento de Juan; tan solo continuaban intercambiando pláticas uno a uno, mientras Carlos le concedía la palabra. Estando bien entretenidos, las luces se apagaron de repente, donde la mayoría se asustó, escuchándose murmullos de quejas y ciertas molestias. Al encenderse la bombilla, Juan observó las caras de incomodidad de sus nuevos amigos, con un aplauso despectivo y una gran sonrisa les vociferó: –¡Están todos invitados a refrescarse…! He aquí mi pequeña contribución a esta jornada seudopsiquiátrica para que no me sigan mirando mal– Y así, limpiándose los mocos, continuó diciendo: –¡A mí nadie me quiere!– Todos enternecidos por sus palabras, se dirigieron hacia él, le abrazaban y compartían los refrescos que este les servía con cara de gusto.
–Ahora es mi turno. ¡Soy un bastardo! …pero les respeto a todos sus buenos sentimientos aunque sean demasiado cursi– Así les decía Juan, mientras todos bebían un gran sorbo del refresco.
Ya casi al final, empezó otra persona a contar de su vida, una historia llena de burlas y malos tratos… Mientras los ojos de algunos se cristalizaban, repentinamente cae Carlos al suelo. Tras él, se desploma otro de los miembros y así uno a uno con los ojos en blanco van muriendo. Carlos, muy asustado, desde el suelo agoniza y le pregunta a su primo: –¡Juan ¿Qué sucede?!– Vomitando y retorciéndose del dolor.
Juancito, con una sonrisa siniestra y con toda la calma que le caracterizaba, le confiesa con desdén:
–Primo, estas demasiado blanco como papel, ya ni tus ojos me pueden observar bien porque todo empieza a ponerse negro. El miedo te embarga con un frío infernal. Las tripas se anudan y te crean gases de dolor nauseabundo–
El agonizante Carlos estaba en el suelo preguntándose el porqué de tanta malicia, sí él confiaba en su rectitud…
Caminando hacia la puerta, miró atrás y le dijo antes de salir: –¡Ay Carlitos! Tan afable y confiado. Yo te lo advertí al llegar… ¡Soy muy malo!–
ANÁLISIS
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