TALLER ROJO
Esencia inquebrantable
@Zuni
Emily era una chica muy entusiasta, alegre y divertida. Quienes la conocían sabían de su particular carisma y de su actitud extrovertida. A sus 19 años de edad, tenía la facilidad de encajar en cualquier contexto social. Podía entablar solidas conversaciones con gente adulta, hablaba sin ningún tabú de política, expresaba sin cohibiciones sus opiniones sobre cualquier tema en la palestra y le agradaba a los padres de sus amigas. La misma relación cordial la llevaba con los jóvenes de su edad, sus momentos especiales durante la semana pertenecían a sus clases de canto, allí era donde más compartía con sus amigos; con frecuencia (cuando las responsabilidades universitarias lo permitían) iban por un helado o disfrutaban de una noche de cine luego de los ensayos. Al finalizar su jornada diaria llegaba a casa, ayudaba a su madre a hacer la cena, luego sentados a la mesa contaba los detalles de su día y sus padres se alegraban de ver como su hija crecía siendo tan sociable. Emily realmente era una joven muy agradecida y satisfecha con su vida.
Hasta que un día algo enturbió el clima de su convivencia. Un día nublado, Emily se retrasó en el trayecto de la universidad a los ensayos de fin de curso. Estaba por terminar el semestre y era imperativa la puntualidad. El transporte público era infernal. Pero contra viento y marea, aunque un poco tarde, logró llegar. Cruzando la entrada del conservatorio una de sus compañeras al ver lo sofocada que iba la tranquilizó. — Puedes desacelerar el paso mujer, todos hemos tenido un día pesado — Con un gesto sorpresivo añadió — El profesor aún no llega — La apurada joven agradeció con un guiño a su amiga y continuó su paso más relajado hasta el salón de ensayo.
Al llegar, pudo escuchar que sus compañeras se hallaban en pleno cotilleo, aprovechando la ausencia del profesor. Pero no pudo evitar detenerse unos pasos antes de entrar al salón. La sorpresiva mención de su nombre la hizo pararse en seco y su sentido de espionaje apareció.
— De verdad no puedo creer que le hayan dado el solo a Emily — Comentaba Alicia con expresión de desaprobación — De no ser por lo zalamera que es con los profesores, diría que de verdad se lo ganó — Hizo una pausa para después añadir — Todas sabemos que no es más que una interesada, terminará haciendo el ridículo y avergonzando a todo el curso.
Esas palabras fueron como miles de puñaladas en el corazón de Emily, no podía creer que de verdad estuvieran hablando así de ella, ni siquiera en sus pensamientos más oscuros hubiera imaginado que sus amigas pensaran de su persona en esa forma, pero lo que terminó por decepcionar y romper su corazón fueron las risas y comentarios de aprobación de las demás chicas — Muchas cantamos mejor que ella, no sé qué está pasando con los estándares de esta conservatorio— agrego Luisa.
Lagrimas corrieron por las mejillas de Emily, un nudo se formó en su garganta y no tuvo la fuerza de entrar al salón y enfrentarlas.
Ese fue el primero de muchos ensayos a los que ella no asistió
Los padres de Emily fueron los primeros en notar su depresivo estado, sus charlas ya no acaparaban la atención a la hora de la cena, dejó de frecuentar a su grupo de amigos para evitar encontrarse con las chicas que hablaban a sus espaldas. Comenzó a desconfiar del valor de la amistad, pues a su parecer las personas carecían de sinceridad, la hipocresía estaba a la orden del día y el concepto de lealtad había desaparecido.
Así permaneció varios días, hasta que uno de sus profesores, preocupado por su ausencia en el momento más cumbre del semestre, decidió presentarse en casa una tarde de abril.
Cuando su madre le notificó que el profesor Henry la esperaba en la sala, Emily se sintió algo acorralada. Estando en casa no podía exponerle excusas a su tutor, sus padres la desmentirían. Por otro lado, no podía confesar la verdad, se había esforzado por ocultar su tristeza a mamá — Ya te dije que todo está bien, solo me siento algo saturada y quiero tomarme un descanso — respondía cada vez que su madre le preguntaba.
Emily bajó las escaleras con paso lento, el trayecto de su cuarto a la sala le pareció estrecho e incómodo, no podía creer que la situación había llegado al extremo de tener a un profesor esperándola en la sala.
Cuando llegó ante el profesor no supo cómo saludarlo, observo que degustaba muy satisfecho el café con galletas que la señora madre de la chica le había servido. Así que, no queriendo interrumpir su deleite se limitó a sentarse en el sofá frente a él y tras un silencio incomodo el profesor preguntó:
— ¿Crees que vale la pena renunciar a lo que amas? — Cuestionó el profesor Henry sin rodeos con la mirada fija en Emily.
Ella no supo que responder, se sentía tan estúpida, tan avergonzada. Había sido tan inmadura al dejar el conservatorio. A su vez, no pudo evitar una sensación de desconcierto. — ¿cómo sabe que yo…?— El profesor la interrumpió.
— Llevo muchos años en la enseñanza. No necesito ser adivino para saber que las chicas querían ese solo—Dijo como si fuera algo obvio. — Era de esperar que se llenarían de envidia contra cualquiera que lo obtuviese — Luego de un sorbo de café, continuó —Aunque debo reconocer que no esperaba tu reacción, siempre has sido la más madura de la clase.
Emily no pudo evitar enojarse, se sentía completamente incomprendida. La reacción siguiente el profesor Henry no se la esperó.— ¿Acaso no tengo derecho a enojarme? ¿Me está diciendo que debo tolerar que me difamen de esa forma y actuar como si nada ha pasado? — Emily luchaba por contener las lágrimas, no quería ser melodramática. Era lo menos que deseaba — Siempre me he esforzado por ser gentil y cordial, mostrar lo mejor de mí. ¿Y a cambio que he ganado?... — bajó la mirada buscando fuerza dentro de sí para continuar desahogándose —… la fama de zorra.
Un silencio incomodo se hizo presente en aquella sala, la taza de café ya estaba vacía. El giro que había tomado la conversación hizo imposible que el profesor siguiera comiendo las galletas. Henry observo como Emily soltaba las lágrimas que quizás había contenido delante de sus padres. Y con la misma empatía que le había conducido hasta la casa de su estimada alumna respondió:
—No te pido que ignores todo lo sucedido. Como alguien que ha vivido muchas amargas experiencias en su carrera profesional, te puedo asegurar que las críticas siempre vendrán. Observó como el llanto de Emily se sosegaba y continuó — No puedes evitar que la gente intente hacerte daño, pero si puedes evitar el impacto que estas causen en tu vida. Así que te espero mañana en el ensayo, no le des el gusto a nadie más de verte derrotada.
Y despidiéndose de la madre de Emily, el profesor Henry se marchó. Aquella visita había sido corta pero realmente contundente. La sabiduría de su profesor la había impresionado por completo. Años después Emily siguió recordando aquella tarde de galletas y café, nunca olvido como aquel maestro le enseño que solo ella tenía el poder de decidir quién le hacía daño y quién no, que las críticas de los demás no determinaban su persona.
Aquella prodigiosa cantante comprendió que la verdadera fortaleza estaba en mantenerse auténtica aunque el mundo quisiera destruir su esencia.
ANÁLISIS
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TALLER AMARILLO
Ojo de pez
@Spavan697
Me pasó una vaina increíble. Yo venía saliendo de un lugar que ni recuerdo el nombre; estaba cantando mientras caminaba por el puerto, y de repente vi a una chama. ¿Qué coño hará allí solita? Parecía que estaba contemplando aquella llanura de espejo, pero la vaina me pareció rara, y como yo no soy ni chismoso ni metiche la comencé a llamar: ¡psst!, ¡ehy!, ¡tú!, ¡psst! ¡ehy!, de seguro pensó que la iba a violar, porque no me paraba bolas. ¡Chama! Y nada que me hacía caso, así que me le acerqué. Cuando ya estaba a unos cuantos pasos de ella, volteó. ¡Mi hermano! Esa mujer tenía los ojos más azules que yo había visto en mi vida. Unos ojos tan azules como el agua del mar. No decía nada, así que me quedé parado, allí, inmortalizado. Rezando a Dios que no me fuera a matar. Bueno, di otro paso y chupulún pal agua. Fui tragado inmediatamente por la llanura de ese espejo y la densa oscuridad de su reflejo. Fue una vaina espeluznante, a un lugar de donde yo estaba me veía a mí mismo, y poco a poco fui desapareciendo. Cuando estaba a punto de perder la conciencia, apareció otra vez la chama esa; me abrazó y pude moverme de nuevo, luego insufló en mi boca; inspiró en mí vida. Fue una vaina loca, hasta se me erizó la piel y todo. ¡Mira, ve! Se tatuó en mi piel. ¡Veme los brazos! Las costillas, también.
TALLER AZUL
Muertes cruzadas
La muerte avanza por sus propios caminos. Tiene nudos de voces que se entrelazan y a veces murmuran con una intensidad semejante a la vida, o se pierden en el silencio muy grande que contiene a las historias destinadas a no ocurrir. No es cualquier silencio, es la mudez de las cosas que aún no suceden, es el silencio de cosa sustraída de la existencia.
Un muchacho camina por la cima de un cerro. Su miedo es más grande que el dolor de las espinas que se clavan en sus talones, más grande que las excoriaciones y todo su cuerpo es una masa latiente de miedo. Lo siguen otros dos, eso no importa, esos son apenas los asesinos. ¿Por qué se lo llevan? ¿Por qué hurgan en esa llaga pavor? Le pegan un tiro que nadie oye. El muchacho apenas llora unas lágrimas y por encima de la mole pesada del espanto que le roba el aire, recuerda una palabra que tuvo sentido alguna vez, la palabra “madre”; recuerda que sonaba ligera. Esa mujer no se enterará de la suerte de su hijo, ella preferirá creer otra cosa. “Debió haberse perdido en el mar”, piensa con tristeza. “Ahogado”, piensa, y se siente vacía.
Los huesos del muchacho aún no han sido hallados. Gritan, blanqueándose, haciéndose roca. Sus dientes fundiéndose con las piedras, mordiendo los cascajos del cerro. La memoria de sus huesos luchando por alcanzar otra memoria, pues la ha sentido activa. Percibe su movimiento inquieto y anhelante allá abajo, en el pueblo; sobre todo por las mañanas, cuando el cielo está a punto de estallar hecho una furia incandescente sobre el horizonte del mar. “Mamá, no me perdí en el mar. Me mataron”, susurran los huesos. Se arrastra a través del grito, intenta arribar al refugio ligero de la madre. Enmudecer, por fin.
Una torre de agua
Así la muerte encuentra sus caminos y, a veces, corta un nudo de relatos, confunde la memoria de los muertos y los vivos, pues mezcla los tiempos y bien puede tomar lo acontecido hace poco como una historia muy vieja o, al contrario, tomar por acontecida una historia que aún no ha sido vivida.
En el año 29 un terremoto sacudió a Cumaná. Fue una tragedia que asoló a la ciudad, pero mi abuela sólo supo de estas cosas por otras personas. Para el momento, se hallaba en Puerto Escondido, pues había enfermado de meningitis y una de sus tías, Lidia Magda, avisada de que mi abuela no podía valerse por sí misma, ni ver por sus hermanas, ni cuidar de su propio hijo, se la había llevado temporalmente al pueblo de su infancia.
Lidia vivía con su familia en uno de los pocos ranchos que todavía permanecía habitado en Puerto Escondido ―para la época, reducido a la mitad de lo que era en otros tiempos. Ya la casa grande comenzaba a mostrar el maderamen al sol y las familias que quedaban seguían adelante sin fijarse mucho en su propia merma.
La tía Lidia se llevó a mi abuela una mañana. Entontecida por la fiebre, confundida por la enfermedad, vio acercarse las arenas blancas de la playa de su infancia y sus brillos le parecieron joyas. La silueta de los ranchos desvencijados al pie de los cerros, sombras móviles de animales extraños, lentos y grises. Así eran los recuerdos que conservaba la abuela Antonia de la última vez que visitó Puerto Escondido. Una película temblorosa de colores. Un mural cristalino de luz.
El día del terremoto mi abuela se hallaba a la orilla del mar. Allí la tía Lidia la sentaba todos los días, antes de que el sol se deshiciera en un arrebato de fuego que le quemara la carne. Mi abuela supo después que todos huyeron hacia los cerros. La tía Lidia apretando en su pecho al más pequeño de sus hijos, gritando “Dios, ampárame”, imposibilitada de recordar a su sobrina, que contemplaba la cortina abarrotada de brillos del agua retirarse de la playa, lejos, hasta dejar desnudas las rocas del fondo del mar.
Mi abuela vio levantarse un edificio de agua contenida por una mano invisible. En su interior los botes de su gente, tíos, vecinos, se despeñaban por caídas líquidas, peces reventados flotaban con los ojos muertos, piedras gigantescas, jaspeadas, seres del agua que no supo reconocer.
Cuenta mi abuela, que de esa furia, que amenazaba con socavar el pueblo no quedó sino una suave ola de agua sucia que subió mansa por sus pies, trepó hasta su cintura, blandamente hasta su pecho, apagando la fiebre.
Los caminos de la muerte
Mi abuela fue llevada, aunque tarde, al cerro, por el marido de la tía Lidia, que fue quien se acordó de la enferma abandonada a la orilla del mar durante la conmoción. Luego la vida siguió cada vez con menos miedo. La historia del maremoto creciendo, cambiando, mutando, entreverándose con relatos más o menos emocionantes o heroicos contados por gente que apenas pudo verlo, pues empleaban todas sus fuerzas en huir por los cerros.
Mi abuela siguió sentándose a la orilla del mar mientras su cuerpo se iba curando y recuperaba el sentido de las cosas reales, más opacas, menos hermosas, más pesadas. Cuenta que el último delirio que la abandonó era el susurro desesperado de un muchacho muy joven que imploraba por sus huesos, que se arrastraba tercamente hacia el interior de las piedras de los cerros, mordiendo.
DINÁMICA
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Cordialmente,
Daniel Camacho