TALLER ROJO
El Hombre que quería escribir
Sentado afuera de la casa en la mecedora, miraba la ciudad pasar , chicos en bicicleta, una que otra mujer apurada yendo o regresando a su trabajo, el vecino con el perro cagador de jardines y el malandrín de costumbre en la esquina buscando a quien timar. A lo lejos el hombre con el carrito de metal se acercaba, hurgando entre los potes de basura, buscando los trastos viejos, revolviendo bolsas,cogía cosas y las metía en su carrito.....
–Ummm un pedazo de pizza!, esto me servirá para aguantar hasta la noche, a ver que mas hay por acá..........bah pura mierda, conchas de naranjas, varias latas vacías de sardinas, ropas hechas jirones, desperdicios de cocina....
El hombre paso delante de mi casa, me lanzo una mirada escrutadora, de esas que te dicen "Ayúdame , estoy jodido", la devolví con tristeza, pensé en como vivía yo cuando tenia su edad, en los infinitos partidos de fútbol y las largas charlas con mi padre en las noches, esos tiempos que no regresarían......Me quede tan metido de mi, recordando épocas pasadas que ni cuenta me di cuando desapareció el indigente.
-0-
Llegando al fondo del callejón, el mendigo tomo un trozo de cartón, con un lápiz viejo que había recogido recientemente se lo llevo a la lengua, lo impregno con saliva y garabateo en el trozo :
"Heme aquí, quiero escribir y no se de que......"
–Esta botella de aguardiente ya no tiene nada!!!!....
Tiro la botella al fondo del callejón con el resto de desechos, y los cristales se estrellaron contra el piso, no tenia musa, no tenia inspiración y empezó a divagar en su loca mente :
"Año 2570: La ciudad estaba encerrada dentro de un domo, protegida de todo el salvaje exterior lleno de bestias y criaturas temerarias , capaces de acabar con tu vida en una sola fracción de segundo.Se veian altos edificios y brillantes vehículos en forma de hoja , de color mercurio que se desplazaban por aire y tierra, las avenidas tenían un rayado vial iluminado que a su vez controlaba la velocidad y el transito de todo el sitio, manteniendo así el orden.
Los rascacielos se elevaban en forma artística,eran todos cristalinos, con miles de ventanales en forma de círculos,se podía apreciar el interior de las viviendas y los seres que vivían dentro de ellas, con largos brazos, estilizados dedos, cabezas redondas y caminar como de plumas, como si flotasen, como si cada paso que diesen estuviese en armonía y equilibrio con el resto del sitio y a su vez fuese un pulso que los hacia distinguirse de los demás.Ondas, gráciles y armoniosas ondas que se esparcían por dentro de todas las construcciones, haciendo que en sus paredes se activaran los bionanites, encargados de mantener el sustento de vida en los edificios.
La gente se desplazaba tranquilamente, en la parte mas meridional del domo , estaba el hogar de Dumuk.
Habían pasado varios eones desde su llegada, y el tiempo había llegado.
La figura tomo su vara, un dispositivo blanquecino con forma oval que sujeto en su mano izquierda, tomo sus lentes vibrasensoriales y se coloco de inmediato en el rayado peatonal.Los bionanites de inmediatos ejercieron la lectura organicomental de su cuerpo y lo trasladaron sin demora hacia la parte mas al sur de la cúpula : la gran compuerta.
El fruto de tantos años de desvelos, e intensas noches de apasionados pensamientos se hizo presente en estos instantes , Dumuk había logrado controlar definitivamente los bionanites y con ello la posibilidad de abrir la gran compuerta......la cual no se inmuto, no sonó la alarma , ni emitió ninguna advertencia, sencillamente como había sido ordenado, el campo de fuerza se organizo para permitir pasar al brillante ser, que por la reorganización de nanites, era fulgurante en este momento como un sol.Traspaso el umbral y de inmediato una sensación de humedad, de calor, y de cuerpos pegajosos que golpeaban su piel lo abordo,mientras el brillo de la reorganización atómica finalizaba, llevándolo de nuevo a su forma normal.
– Estoy al otro lado de la compuerta, me he burlado del sistema!
Alrededor todo era distinto, ya era de noche, lo que sentía en su piel eran gordas gotas de agua que castigaban su sensible cuerpo,estaba rodeado de plantas, lluvia intensa y ruidos desconocidos, pensó que lo mas lógico era ir hacia el sur, donde se decía habitaban los seres antiguos, comenzó a acelerar el paso pero después de recorrer unos 5 minutos escucho delante de el los ruidos similares a huesos partidos mezclados con válvulas de vapor de lo que podría bien ser una locomotora.El suelo comenzó a estrepitarse, la vibración fue tan intensa que cada nanite en su ser se descompuso, se empezó a sentir mareado,ante sus ojos apareció una criatura gigantesca un Tiranogadget,
un enorme Tiranosaurio Rex con la mitad de su cabeza cubierta por implante eléctrico que emitía silbidos y humo a la vez, en lo que parecía ser su ojo se podía apreciar un telescopio que giraba y se ajustaba en la dirección que yo estaba , como para poder observarme mejor, su cuerpo tenia en el pecho una caparazón de metal con distintos instrumentos que no logre reconocer que era, su larga cola era de metal cubierta de engranajes que giraban frenéticamente por encima de los remaches y las tuercas,y yo sin comprender de que manera funcionaba todo esto.
–Esto me va a matar, mejor corro!
Era muy tarde, el pego un salto hacia mi y para defenderme solo le tire mi capacitor blanco oval que tenia en la mano, con la esperanza de poder salvarme.
Sentí como este animal me arrancaba fieramente mi brazo izquierdo, luego todo se volvió negro y no supe mas de mi.
-0-
Sentado en mi mecedora, vi como nuevamente el hombre con el carrito de metal regresaba en su recorrido por el vecindario, poco a poco se fue acercando a mi casa, detuvo el carrito en el jardín, miro hacia mi y se encamino hacia donde yo estaba y estirando su brazo me dijo :
– Esto me va a matar, mejor corro
Me entrego unos trozos de cartón, envueltos con una cinta blanca, yo estire la mano y los recibí
– Fui el hombre que quería escribir.
Su aliento era a aguardiente, su olor era a mil ratas , pero sentí que era una buena persona, que quería hacer algo,vi como tomo su carrito y se fue alejando poco a poco hasta desaparecer en el horizonte.
Dentro de los envoltorios escrito en varios cartones, reposaba este relato que acabas de leer y que te he transcrito tratando de guardar hasta el mas pequeño detalle.
ANÁLISIS
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TALLER AMARILLO
Tormenta de verano
Tumbado en la piedra, a la orilla de la charca, miraba el cielo anaranjado de última hora. Imaginaba las formas imposibles que le sugerían las nubes que se acercaban . Se evadía de la realidad , creando historias paralelas que no existían y convirtiéndolas en un pasatiempo inútil.
Las sienes le sudaban al sol, pero una brisa ligera y un olor intenso a tierra mojada en el ambiente, intuían tormenta.
Los insectos revoloteaban por su cara, brazos y piernas, con ese zumbido característico en la soledad del bojsque. Y hoy, los pájaros no volaban. Los grillos, con su canto de origen desconocido, le hacían compañía invisible, y las ranas croaban saltarinas, mientras se despedían, a su manera, saltando al agua.
Solos, él y la naturaleza más auténtica, en el estanque de los juncos.
Buscaba tranquilidad, y sólo allí en estos días de agosto se podía encontrar con ella. Apartándose durante semanas en el pueblo, huyendo de la ciudad, y dejando pasar las tardes de verano andando por caminos mil veces pisados, centrado en lo que nunca salía de su interior.
Risas lejanas de niños, -bullicio en la parte más baja del río- le recordaban una y otra vez lo efímero de la temporada estival, la vuelta a la rutina en pocos días.
Y ella esperándole en la ciudad. Ella que requería su tiempo precioso y unas condiciones que él no estaba dispuesto a ceder. Aún sin estar presente, quitándole espacio de su mundo sin compartir. Aguardándole en otoño con unas respuestas que él no había elaborado aún. No quería volver. No estaba preparado para enfrentarse a más reproches, ni para seguir siendo un querer y no poder de sí mismo. Todavía no.
La primera gota en el muslo.
Fría.
Inesperada pero prevista, sólo fue la precursora de miles de gotas más que se precipitarían sobre él. Seguida esta exploradora, al momento, por un estallido de luz que anunciaba en poco segundos, con un ruido ensordecedor, que la bóveda celeste se abriría para dejar caer su furia. Y tras varios hilos de luz blanquecina que se daban la mano atravesando el cielo, rompió la lluvia sobre él.
Las gotas caían gruesas, calando su camiseta con rapidez, sin darle tregua para resguardarse bajo los árboles que se encontraban bosque adentro. Parecían querer añadir un peso extra sobre él, sobre su conciencia ya pesada. Se quitó rápido la camiseta y la lanzó al suelo.
Caían fuertes, picaban incluso. Al tocar el suelo hacían saltar pequeños granos de arena que se le clavaban en las pantorrillas como pequeñas agujas. Le pegaban el pelo a la cara, sobre los ojos, y mientras le chorreaban en hilos de agua por la piel.
Y un olor maravilloso a húmedo inundándolo todo.
Y unos truenos rotos encendiendo el bosque a su paso.
Quizás no fueron más de diez minutos en los que aquel torrente de agua cayó y cayó arrastrando incluso las piedras en su camino. Pero con todo ese chaparrón que había descargado sobre él, ahora se sentía limpio por dentro. Más puro en su interior. Las lágrimas del cielo lo habían transformado con su llanto y también habían arrastrado parte de su amargura.
En un primer momento hizo el intento de guarecerse pero para su satisfacción, y no sin cierta incomprensión por una actitud rebelde contra sí mismo, se descubrió gozando bajo esa lluvia repentina.
Con los brazos extendidos hacia arriba quería recibir todo lo que le ofrecía aquel aguacero, inclinaba la cabeza hacia lo alto escuchando, oyendo y sintiendo sobre sus ojos. Daba vueltas sobre sí mismo como un loco clamando al cielo. Pidiendo más.
Reía, incluso gritaba, dejando salir al tiempo su propia tormenta interna. A ésta, le dio rienda suelta para que se llevase todo lo que ya no necesitaba, para que le lavara las sábanas de los fantasmas internos y liberase un caudal de sentimientos guardados para que fuesen a desembocar a un estanque de tranquilidad final.
Baldeando su espíritu, con los zapatos en la mano y la camiseta escurriendo sobre su hombro, se concedió la libertad de bajar al pueblo por la orilla del río, sin hora de llegada.
El sol volvía a salir para secarlo todo, tímido ya y apunto de apagarse. Creaba reflejos rojizos en las hojas todavía mojadas, y un arco de colores surgía de las aguas ahora tranquilas. La vida del bosque todavía permanecía oculta, asustada. Terminaría dando paso a la confianza de volver a la normalidad para cada uno de sus habitantes. Pero no todavía.
Para él todo el chaparrón había sido algo más que un momento puntual en el bosque. Había significado un punto de inflexión que le había dejado el poso de una sensación muy agradable: volver a ser dueño de sí mismo.
Ahora todavía quedaban unos pocos días de estío para descansar, y cuando terminasen, se enfrentaría a sus dilemas con fuerza y valor. Pero aún no. Todavía se podía dejar acariciar un poco más por el sol, por la montaña, por la naturaleza y por la soledad que tanto disfrutaba.
TALLER AZUL
Amigo del alma
Alex Morales
Tumbado en la piedra, a la orilla de la charca, miraba el cielo anaranjado de última hora. Imaginaba las formas imposibles que le sugerían las nubes que se acercaban . Se evadía de la realidad , creando historias paralelas que no existían y convirtiéndolas en un pasatiempo inútil.
Las sienes le sudaban al sol, pero una brisa ligera y un olor intenso a tierra mojada en el ambiente, intuían tormenta.
Los insectos revoloteaban por su cara, brazos y piernas, con ese zumbido característico en la soledad del bojsque. Y hoy, los pájaros no volaban. Los grillos, con su canto de origen desconocido, le hacían compañía invisible, y las ranas croaban saltarinas, mientras se despedían, a su manera, saltando al agua.
Solos, él y la naturaleza más auténtica, en el estanque de los juncos.
Buscaba tranquilidad, y sólo allí en estos días de agosto se podía encontrar con ella. Apartándose durante semanas en el pueblo, huyendo de la ciudad, y dejando pasar las tardes de verano andando por caminos mil veces pisados, centrado en lo que nunca salía de su interior.
Risas lejanas de niños, -bullicio en la parte más baja del río- le recordaban una y otra vez lo efímero de la temporada estival, la vuelta a la rutina en pocos días.
Y ella esperándole en la ciudad. Ella que requería su tiempo precioso y unas condiciones que él no estaba dispuesto a ceder. Aún sin estar presente, quitándole espacio de su mundo sin compartir. Aguardándole en otoño con unas respuestas que él no había elaborado aún. No quería volver. No estaba preparado para enfrentarse a más reproches, ni para seguir siendo un querer y no poder de sí mismo. Todavía no.
La primera gota en el muslo.
Fría.
Inesperada pero prevista, sólo fue la precursora de miles de gotas más que se precipitarían sobre él. Seguida esta exploradora, al momento, por un estallido de luz que anunciaba en poco segundos, con un ruido ensordecedor, que la bóveda celeste se abriría para dejar caer su furia. Y tras varios hilos de luz blanquecina que se daban la mano atravesando el cielo, rompió la lluvia sobre él.
Las gotas caían gruesas, calando su camiseta con rapidez, sin darle tregua para resguardarse bajo los árboles que se encontraban bosque adentro. Parecían querer añadir un peso extra sobre él, sobre su conciencia ya pesada. Se quitó rápido la camiseta y la lanzó al suelo.
Caían fuertes, picaban incluso. Al tocar el suelo hacían saltar pequeños granos de arena que se le clavaban en las pantorrillas como pequeñas agujas. Le pegaban el pelo a la cara, sobre los ojos, y mientras le chorreaban en hilos de agua por la piel.
Y un olor maravilloso a húmedo inundándolo todo.
Y unos truenos rotos encendiendo el bosque a su paso.
Quizás no fueron más de diez minutos en los que aquel torrente de agua cayó y cayó arrastrando incluso las piedras en su camino. Pero con todo ese chaparrón que había descargado sobre él, ahora se sentía limpio por dentro. Más puro en su interior. Las lágrimas del cielo lo habían transformado con su llanto y también habían arrastrado parte de su amargura.
En un primer momento hizo el intento de guarecerse pero para su satisfacción, y no sin cierta incomprensión por una actitud rebelde contra sí mismo, se descubrió gozando bajo esa lluvia repentina.
Con los brazos extendidos hacia arriba quería recibir todo lo que le ofrecía aquel aguacero, inclinaba la cabeza hacia lo alto escuchando, oyendo y sintiendo sobre sus ojos. Daba vueltas sobre sí mismo como un loco clamando al cielo. Pidiendo más.
Reía, incluso gritaba, dejando salir al tiempo su propia tormenta interna. A ésta, le dio rienda suelta para que se llevase todo lo que ya no necesitaba, para que le lavara las sábanas de los fantasmas internos y liberase un caudal de sentimientos guardados para que fuesen a desembocar a un estanque de tranquilidad final.
Baldeando su espíritu, con los zapatos en la mano y la camiseta escurriendo sobre su hombro, se concedió la libertad de bajar al pueblo por la orilla del río, sin hora de llegada.
El sol volvía a salir para secarlo todo, tímido ya y apunto de apagarse. Creaba reflejos rojizos en las hojas todavía mojadas, y un arco de colores surgía de las aguas ahora tranquilas. La vida del bosque todavía permanecía oculta, asustada. Terminaría dando paso a la confianza de volver a la normalidad para cada uno de sus habitantes. Pero no todavía.
Para él todo el chaparrón había sido algo más que un momento puntual en el bosque. Había significado un punto de inflexión que le había dejado el poso de una sensación muy agradable: volver a ser dueño de sí mismo.
Ahora todavía quedaban unos pocos días de estío para descansar, y cuando terminasen, se enfrentaría a sus dilemas con fuerza y valor. Pero aún no. Todavía se podía dejar acariciar un poco más por el sol, por la montaña, por la naturaleza y por la soledad que tanto disfrutaba.Tumbado en la piedra, a la orilla de la charca, miraba el cielo anaranjado de última hora. Imaginaba las formas imposibles que le sugerían las nubes que se acercaban . Se evadía de la realidad , creando historias paralelas que no existían y convirtiéndolas en un pasatiempo inútil.
Las sienes le sudaban al sol, pero una brisa ligera y un olor intenso a tierra mojada en el ambiente, intuían tormenta.
Los insectos revoloteaban por su cara, brazos y piernas, con ese zumbido característico en la soledad del bojsque. Y hoy, los pájaros no volaban. Los grillos, con su canto de origen desconocido, le hacían compañía invisible, y las ranas croaban saltarinas, mientras se despedían, a su manera, saltando al agua.
Solos, él y la naturaleza más auténtica, en el estanque de los juncos.
Buscaba tranquilidad, y sólo allí en estos días de agosto se podía encontrar con ella. Apartándose durante semanas en el pueblo, huyendo de la ciudad, y dejando pasar las tardes de verano andando por caminos mil veces pisados, centrado en lo que nunca salía de su interior.
Risas lejanas de niños, -bullicio en la parte más baja del río- le recordaban una y otra vez lo efímero de la temporada estival, la vuelta a la rutina en pocos días.
Y ella esperándole en la ciudad. Ella que requería su tiempo precioso y unas condiciones que él no estaba dispuesto a ceder. Aún sin estar presente, quitándole espacio de su mundo sin compartir. Aguardándole en otoño con unas respuestas que él no había elaborado aún. No quería volver. No estaba preparado para enfrentarse a más reproches, ni para seguir siendo un querer y no poder de sí mismo. Todavía no.
La primera gota en el muslo.
Fría.
Inesperada pero prevista, sólo fue la precursora de miles de gotas más que se precipitarían sobre él. Seguida esta exploradora, al momento, por un estallido de luz que anunciaba en poco segundos, con un ruido ensordecedor, que la bóveda celeste se abriría para dejar caer su furia. Y tras varios hilos de luz blanquecina que se daban la mano atravesando el cielo, rompió la lluvia sobre él.
Las gotas caían gruesas, calando su camiseta con rapidez, sin darle tregua para resguardarse bajo los árboles que se encontraban bosque adentro. Parecían querer añadir un peso extra sobre él, sobre su conciencia ya pesada. Se quitó rápido la camiseta y la lanzó al suelo.
Caían fuertes, picaban incluso. Al tocar el suelo hacían saltar pequeños granos de arena que se le clavaban en las pantorrillas como pequeñas agujas. Le pegaban el pelo a la cara, sobre los ojos, y mientras le chorreaban en hilos de agua por la piel.
Y un olor maravilloso a húmedo inundándolo todo.
Y unos truenos rotos encendiendo el bosque a su paso.
Quizás no fueron más de diez minutos en los que aquel torrente de agua cayó y cayó arrastrando incluso las piedras en su camino. Pero con todo ese chaparrón que había descargado sobre él, ahora se sentía limpio por dentro. Más puro en su interior. Las lágrimas del cielo lo habían transformado con su llanto y también habían arrastrado parte de su amargura.
En un primer momento hizo el intento de guarecerse pero para su satisfacción, y no sin cierta incomprensión por una actitud rebelde contra sí mismo, se descubrió gozando bajo esa lluvia repentina.
Con los brazos extendidos hacia arriba quería recibir todo lo que le ofrecía aquel aguacero, inclinaba la cabeza hacia lo alto escuchando, oyendo y sintiendo sobre sus ojos. Daba vueltas sobre sí mismo como un loco clamando al cielo. Pidiendo más.
Reía, incluso gritaba, dejando salir al tiempo su propia tormenta interna. A ésta, le dio rienda suelta para que se llevase todo lo que ya no necesitaba, para que le lavara las sábanas de los fantasmas internos y liberase un caudal de sentimientos guardados para que fuesen a desembocar a un estanque de tranquilidad final.
Baldeando su espíritu, con los zapatos en la mano y la camiseta escurriendo sobre su hombro, se concedió la libertad de bajar al pueblo por la orilla del río, sin hora de llegada.
El sol volvía a salir para secarlo todo, tímido ya y apunto de apagarse. Creaba reflejos rojizos en las hojas todavía mojadas, y un arco de colores surgía de las aguas ahora tranquilas. La vida del bosque todavía permanecía oculta, asustada. Terminaría dando paso a la confianza de volver a la normalidad para cada uno de sus habitantes. Pero no todavía.
Para él todo el chaparrón había sido algo más que un momento puntual en el bosque. Había significado un punto de inflexión que le había dejado el poso de una sensación muy agradable: volver a ser dueño de sí mismo.
Ahora todavía quedaban unos pocos días de estío para descansar, y cuando terminasen, se enfrentaría a sus dilemas con fuerza y valor. Pero aún no. Todavía se podía dejar acariciar un poco más por el sol, por la montaña, por la naturaleza y por la soledad que tanto disfrutaba.
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