TALLER ROJO
Forestal
Forestal pt. 1
No sabría recitar versos dignos.
Doy vuelta a las páginas, releo los grandes libros.
Estudio a los héroes, confío en la prosa.
Repaso la historia, interpreto, de los filósofos, sus dichos.
Me invierto, me derramo y analizo.
Pero de nada ha valido, me pierdo en sus recuerdos finos:
Espontáneos encuentros, milimetrados, meticulosamente trazados.
Vistas suficientes para admirarte,
Pero increíblemente ínfimos como para lograr retratarte.
Soltura en la risa, sencillez en el habla, natural en la mirada.
Autosuficiente, interdependiente.
Realmente no encuentro adjetivos suficientes, por más y más que haga mente..
Te veo en colores: rojo forestal.
Ora tu cabello, ora tus mofletes,
Que se sonrojan tras la risa con tu fuego natural.
Millones de pecas que modelan a las estrellas.
Ora los encuentros, ora tus espuelas,
Marcas de la guerra en donde dejas huella.
Huellas a la manera de cenizas.
Semejantes a la breve risa,
Tras un recuerdo de aquel saludo que fue llevado, entre los árboles..
... Por la suave brisa ...
Forestal pt.2
Querella disociación entre tu brillo y las estrellas.
Refulgente resplandor de tu enarbolado impulso natural,
Que doblega el más amplio destello de aquél espectáculo estelar.
Díscola flama que abraza con sencillez las ramas
Y se remonta, con avidez, sobre las copa y las lianas.
Cuyo fuego inicia con la apocada, aunque alocada, intensidad de tu mirada.
Eres recuerdos vivos
De solo saludos, solo mirada,
Unas palabras; llama iniciada.
Cenizas recientes en las breves pisadas
En este bosque, en medio de la hojarasca,
En donde el flamante espectáculo eres tú
Y donde el poeta solamente espera, con ansias, el forestal impacto de todo tu im-pe-tú...
Torrencial
Soy, un sueño fugaz.
Soy los escombros que dejaste tras tu desastre torrencial.
Soy la rabia sucia en la boca del animal.
Soy el malhumorado despreciable que ves de reojo al pasar.
Soy el niño que no encuentra las palabras.
Soy el sediento que ruega (y si que rogué) que le permitan un poco de agua.
Soy cacofonía en vez de orquesta.
Soy insoluble en medio de toda esta prepotencia.
Me excedo si te miento al decirte que fue poco lo que fui honesto.
Pero me paso si te engaño al decir que nunca fue suficiente un poco más de ese desengaño.
Soy la libertad que añora las cadenas.
Soy preso de memorias que me torturan al recordarme que nos hay cepos a mis pies, ni más de tu vicio (ni tu aroma) en mis venas.
Soy la inequívoca idea que surge de la díscola impresión
Que causa el sabor seco de tu pobre diversión.
Soy lo que soy cuando no estas.
Soy, y sigo siendo mientras vas y vienes en tu compás.
Soy procrastinación, producto de tu ausencia.
Soy víctima de ti, de tu marca y tu presencia.
Soy la torrencial lluvia, que advierte que no toda llama permanece;
Y quien pretende, de tu incendio forestal, hacer ramas que reverdecen.
Forestal pt.3
Farragoso tropel en mi mente confundida.
Entre el frío de la lluvia, y la llama no extinguida.
Oh, ¡cuánta potencia del impacto torrencial!
Pero cuánta insistencia la de tu persuasión, forestal...
Llamas vivas cual niño que gime,
Con plena certeza del que sabe que pide.
Seducción inédita que roba el consuelo del petricor,
Que aviva la espera, y por todo el cenizal plasma color.
El color de tu incendio, marcas de ensueño,
Del agitado pasado, de tus gestos y halagos.
Que rehúsan ver ramas verdes libres de tus huellas,
Que atan cepos, que traen cadenas.
Tempestuosa llama que implosiona (e impresiona) en toda mi alma,
Con tal pericia, y desquite, que a todo el bosque marca.
Y eso, solo con tu sonrisa...
¿Que sería de mí, si entendieras esto... Amiga mía?
ANÁLISIS
TALLER AMARILLO
El hombre del lago
Ya listos en el auto Jhon, Merlys, Thiffany y Paul, se ponen en marcha a lo que para ellos sería su mejor fin de semana.
Una vez instalados en la cabaña, Thiffany y Merlys admiradas con el lugar salen a caminar por el lago, llegan al muelle y Merlys se acerca a la orilla a observar su reflejo en aquella agua cristalina que por los grandes árboles a su alrededor se veía de un hermoso color verde bosque, al mirar no ve su silueta si no la de un hombre con un aspecto cadavérico; sobre exaltada Merlys le dice a Thiffany que regresen a la cabaña; al llegar consiguen la puerta entre abierta, entran a la casa y corren hacía la habitación en busca de sus dos amigos, para su sorpresa consiguen sobre la cama el cuerpo de Paul ensangrentado y sin ojos.
Corren de allí hacia la cocina, y consiguen a aquel hombre aterrador con un enorme cuchillo en una de sus manos y en la otra sostenía la cabeza de Jhon (lo había decapitado). Salen huyendo de la casa pero no pueden librarse de aquel temible hombre; Thiffany es alcanzada por él, ella grita de desesperación, Merlys gira y ve como éste hombre asesina a su amiga y come sus ojos.
Merlys logra esconderse en unos matorrales a orillas del lago, y cuando cree haberse librado del peligro, siente como es halada y arrastrada hacía el agua donde éste hombre se adentra sin darle ni un mínimo respiro para escapar.
TALLER AZUL
Huracán
@IvonneCruz
Había nacido en una zona lejana del Atlántico, cuando el aire cálido de una tormenta y el aire frío de la superficie oceánica se combinaron y comenzaron a elevarse. En sus primeros días de vida, era apenas un remolino de vientos, pero ya para el día que nos ocupa, se había convertido en un temperamental huracán categoría cinco. Era hermoso y fuerte, sus brazos alcanzaban los mil kilómetros de extremo a extremo y su ojo tenía un diámetro de cincuenta pacíficas y calmas unidades, bajo sus ondas nubosas se hacía acompañar de vientos con velocidades extravagantes y lluvias torrenciales que eran las encargadas de anunciar su proximidad a tierra.
Le habían contado que el continente americano era un lugar bonito y tranquilo para establecerse; puesto que la expectativa de vida de los huracanes es muy corta, él no dudó en dirigirse hacia allá. Hizo maletas, vistió una camisa estampada, calzoneta veraniega, sandalias aptas para la playa, lentes de sol y en tan solo veinticuatro horas apareció en todos los radares meteorológicos. Se puso muy contento al enterarse de cuánta expectativa generaba su llegada, tal era su emoción que hizo llover por tres días seguidos hasta desaparecer unas pequeñas islas sin dueño; después de eso el conflicto entre Argentina e Inglaterra llegó a su fin. Gracias a las condiciones favorables que iba encontrando en su camino, creció rápidamente y ya al tercer día, la Estación Espacial Internacional había logrado hacerle su primera fotografía, misma que circularon en los principales periódicos del mundo. Se veía guapísimo desde allá arriba. Su intensidad fluctuó durante los días siguientes debido a la formación del ojo, pero en su sexto día de vida alcanzó la categoría de huracán mayor. Ese día celebró por todo lo alto, mientras los noticieros contaban cómo un archipiélago entero se había ahogado.
A la mañana siguiente despertó y retomó su camino; no tuvo que avanzar demasiado para encontrar tres hermosas extensiones de tierra, separadas una de la otra, pero con características similares: verdes relieves y personas multicolores, música alegre, frutas diversas y jugosas, los tres lugares eran sitios de fiesta perpetua. Parecían pequeñas cajitas musicales, llenas de adornos y gente pequeña con el Mar Caribe como espejo. La imagen le enterneció. Recordó que había olvidado unas gotas de lluvia y regresó sus pasos; en su camino de vuelta, vio al mar embravecido, notó que las pequeñas islas que se erguían antes ya no estaban, a lo largo se levantaba una estela de destrucción que nunca tuvo intención de provocar. La tristeza le invadió y sentía un impulso enorme por reponer el daño, abrazar aquellas criaturas que había lastimado y desaparecer. En su entusiasmo por conocer nuevos mundos, había llevado el caos a aquellas lejanas tierras y se dio cuenta que la expectativa generada en realidad era miedo. Se sentó un rato mientras pensaba que debía hacer.
A lo largo se escuchaban los periodistas anunciar que la categoría del huracán había bajado un número y que parecía desviar su curso; los anuncios fueron acompañados por gritos de júbilo. A pesar de saberse no querido, comprendía la reacción de la gente. Solo algo le confundía: le llamaban Irma. Ese era un nombre femenino y hasta donde su entendimiento de siete días de vida le llevaba, él se sabía masculino. Todavía no se había detenido a pensar en su nombre, pero definitivamente no quería llamarse Irma. Se vio acusado de machismo, pero sabía que esa no era su razón. Simplemente no se sentía identificado con un nombre de mujer; toda su estructura gritaba ser hombre y quería ser llamado como tal.
—Me llamo José—gritó no de forma violenta sino con una civilización recién adquirida, con la única intención de informar cuál era su verdadero nombre y género.
Su grito tocó tierra convertido en vientos huracanados que levantaron techos de casas y pusieron a bailar a las palmeras. Las redes sociales se encendieron con metrajes amateurs de gente viendo de primera mano las inundaciones, los llamados de ayuda internacional se hicieron escuchar por todas partes. Las evacuaciones fueron tan masivas que eran visibles desde el espacio como enormes trenes de luces a lo largo de las carreteras, las iglesias se abarrotaron por los más incautos elevando plegarias para que Irma desviara su curso o mejor aún, que desapareciera.
José comprendió que el rechazo era inherente a su naturaleza, nada de lo que hiciera cambiaría la percepción que tenían sobre él; tampoco podía pedir demasiado a aquellas bestias que no eran capaces de siquiera atinar su género. Si José hubiera vivido más tiempo, se habría dado cuenta que la costumbre era poner nombre de mujer a los desastres naturales, a las brujas y a los electrodomésticos. Al acercarse más, los conoció y determinó tomar la justicia en sus propias manos. Con todo y lo majestuoso que él era, esa humanidad se había atrevido a ofenderlo, habían querido destruirlo, se empeñaban en etiquetarlo con un nombre femenino y le dictaban normas de conducta que no eran propias de él. Qué no harían con los pequeños, con los que no podían defenderse y peor aún, con los que no tenían voz propia. Definitivamente una especie así no podía continuar, su legado debía morir con él.
Tomó la corriente caliente en el vasto océano y los vientos fríos del norte, los combinó en un abrazo, contuvo su fuerza en su ojo y desató su furia hacia el horizonte. Ya no le importaba lo hermosas que se veían las cajitas musicales o lo imponente de aquel continente nuevo en la historia del mundo. Ya no le importaba su propia existencia ni el recuerdo que dejaría. Si una vez ese mundo había sido destruido con un diluvio, tal y como ellos mismos lo contaban, podía ser destruido otra vez.
Una alerta roja se propagó por toda la costa atlántica de Estados Unidos, las islas caribeñas o lo que quedaba de ellas, ya solo se veían azotadas por la cola de José. Especies no endémicas aparecieron en África y el istmo centroamericano recibía réplicas de temblores nacidos en México.
Al octavo día, José descansó.
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