Como cada año el 8 de marzo se celebra el día de la mujer, en este día se desbordan las felicitaciones a todas las mujeres que conocemos, en casa, en el trabajo, en la calle, etc. Creo que antes de felicitarlas pensemos bien y empecemos por agradecerles por lo que han aportado a nuestra vida.
A mi madre, una mujer con un corazón inmenso, fue forjando mi carácter a fuerza de trabajo y valores que fueron la base de lo que ahora somos sus hijos. Una Diosa como su nombre fue una inspiración y fuente de sabiduría para todos los que la conocieron.
A mis hermanas, con ellas fui creciendo en un hogar donde el respeto a las mujeres era primordial, me enseñaron que la mujer no es el sexo débil, sino la base en que se fundamenta todo lo que hacemos en nuestras vidas.
A mi esposa, mi compañera, mi amante, mi amiga, mi todo, a su lado aprendí a ser mejor hombre, esposo, padre, a ver la vida de un modo diferente. Es mi complemento, la que me insta a seguir caminando a pesar de los tropiezos. Ella me soporta, me comprende, la que me da la fortaleza y sentido a mi vida.
A mi hija, por ser el mejor regalo que he podido recibir, mi tesoro, ella representa la esperanza, el futuro, los sueños, las cosas bonitas que la vida me pueda ofrecer, por sus logros, por el orgullo que me hace sentir.
A mis amigas y compañeras de trabajo porque con cada una de ellas voy aprendiendo un poco más, compartimos tiempo y espacio, juntos celebramos los objetivos alcanzados y corregimos nuestras fallas, sus experiencias las hago mías y me van enriqueciendo profesional y espiritualmente.
Han sido tantas las mujeres con las que he compartido todos los años de mi vida, aunque no debería llamarlas mujeres, debo decir SEÑORAS, pues este término es el que refleja todo el respeto y la consideración que ellas merecen, a ellas gracias, muchas gracias por lo que aportaron a mi existencia.
Y ahora si puedo decirles,