En días recientes se cumplieron 192 años del nacimiento de uno de los escritores más interesantes y prolíficos del siglo XIX, el gran Julio Verne (1828-1905). Y con ese onomástico en mente decidí, para homenajearlo, leer algo que no hubiese leído hasta ahora de este francés universal.
El libro que escogí fue el de “Las tribulaciones de un chino en China”, primero porque su título me resultó curioso, y después porque nada más comenzarlo me atrapó completamente.
Me sedujo en primera instancia que junto a toda una serie de referencias chinescas, superlativamente ilustrativas de un ambiente, de una cultura y de un lugar, la trama capturó al instante mi atención. La novela trata de un hombre joven que tiene todo para ser feliz: belleza, salud, dinero, educación y sin embargo no lo es y se muestra indiferente ante los dones de su vida.
La historia me recordó uno de los relatos de las “Mil y una noches” en el que también un hombre joven, apuesto, sano, rico y poderoso se aburre de su vida privilegiada y a través de toda una serie de situaciones mágicas y fantásticas consigue apreciar en su justo valor su vida llena de cosas buenas.
Así mismo le ocurrirá a este joven chino, que tendrá que pasar por toda una serie de experiencias hasta alcanzar esa necesaria valoración de la vida y de lo bueno que nos ofrece. Como abreboca les dejo algunas líneas del comienzo de la novela:
Capítulo primero
Donde se van conociendo poco a poco la fisonomía y la patria de los personajes.
-Sin embargo, es preciso convenir en que la vida tiene cosas buenas, dijo uno de los convidados que tenía los codos sobre los brazos de su asiento de respaldo de mármol y estaba chupando una raíz de nenúfar con azúcar.
-Y malas también, respondía, entre dos accesos de tos, otro que había estado a punto de ahogarse con una espina de aleta de tiburón.
-Seamos filósofos, dijo entonces un personaje de más edad cuya nariz sostenía un enorme par de anteojos de grandes cristales, montados sobre armadura de madera. Hoy corre el riesgo de ahogarse y mañana todo pasa como pasan los sorbos de este suave néctar.
Esta es la vida, ni más ni menos.
La foto es propia.