Sí. El Albaicín ya existía antes de La Alhambra…
En sus márgenes se construyó la primera fortificación musulmana, llamada Alcazaba Qadima, o Alcazaba antigua, alrededor del año 756.
Muchos opinan que Albaicín significa barrio en cuesta o pendiente, pero estos versos nos recuerdan que el barrio fue poblado por moros de la localidad jiennense de Baeza (joya del Renacimiento andaluz), expulsados de allí por el rey Fernando al conquistar esa ciudad:
“Y por ser de Baeza naturales
los más de los que el sitio edificaron,
llamáronle Albaecín, y otros no tales
la e y la c en y y z mudaron...”
“La Austriada”, Juan Rufo 1584
El barrio se desarrolló adosado a los muros de aquella primera alcazaba. Convertido por tanto en ciudad aparte de la Medina a la que se asoma desde sus multiples miradores, el Albaicín tuvo momentos de gran esplendor, siendo uno de los núcleos más poblados y activos de Granada.
(Imagen de El Albaicín tomada desde el interior de La Alhambra)
De la importancia de aquel barrio andalusí da fe la existencia en sus márgenes de unas treinta mezquitas, convertidas luego en iglesias cristianas, todas con sus aljibes o fuentes públicas, muchas de los cuales subsisten y aún se utilizan...
La Iglesia del Salvador, por ejemplo, conserva aún la pureza del patio de las Abluciones de la que fue la Mezquita Mayor
(Foto by Carlos González. Iglesia de El Salvador y aljibe. Imagen obtenida de la web turística www.rinconesdegranada.com)
El acceso a su entorno amurallado se hacía a través de varias puertas, de las que algunas, como la de las Pesas, conservan todavía hoy su estructura, y cuyos nombres evocadores: Alhacaba, Monaita, Fajalauza, o Elvira, aún flanquean, en un abrazo ya imaginario, los límites aproximados del barrio...
(Foto obtenida en www.turgranada.es. Puerta de las Pesas. El Albaicín)
Aunque algunas más anchas que entonces, las calles del Albaicín siguen siendo una suerte de meandros estrechos de suelo empedrado, orgulloso de no conocer casi adoquinados ni alquitranes.
De los muchos escritores viajeros que han descrito el Albaicín, escribía el alemán Münzer en 1494, refiriéndose a sus calles: “son tan sumamente estrechas que, en muchas de ellas, por la parte de arriba se tocan los tejados de las casas y, por la de abajo, no podrían pasar dos asnos que fueran en dirección contraria”
(Imagen de una calle de El Albaicín. Foto obtenida en www.101viajes.com)
Las casas, por su parte, eran pequeñas, con habitaciones muy reducidas, sucias por fuera, pero muy limpias en su interior, y todas provistas de cisterna con dos cañerías, para el agua potable y las letrinas respectivamente. Esto era todo un prodigio para el medioevo castellano. Y cada casa, por muy humilde que fuera, disponía de su patio y su huerto siempre bien cuidados y con sus pilas de agua corriente.
Cuando estas viviendas pertenecieron a familias pudientes, algunos de los elementos que caracterizaban las casas de la Granada andalusí como el huerto y el jardín, se agrandaban y enseñoreaban a tal extremo, que convertían el hogar de estos personajes en residencias particulares de lujo, con toda clase de ornamentos valiosos, y separados de la ciudadanía con la música fresca y brillante que producía el constante rumor de sus fuentes. Esos pequeños mundos interiores, ejemplo extremo de una sensual manera de vivir, respirando el goce de un paraíso, se denominaron Cármenes, y como tal han llegado a nuestros días...
(Imagen tomada en el interior del carmen de Los Mártires, Granada)
Característico del barrio es el enrejado de puertas o ventanas... Imaginar la presencia del interior, separada tan sólo por la artística protección de una reja a la que agarrarse desde ambos lados, en un ejercicio de manos que se entrelazan, es otro elemento más de ese culto a la intimidad al que se entregó el Albaicín.
Como lo es adivinar la sorpresa que nos acompaña en cada uno de sus rincones, donde el peligro suave de una hoja afilada de luz solar acaba traspasando los atauriques a la caída de la tarde... (CONTINUARÁ)