Entre la rabia y la tristeza nos vamos moviendo muchos ciudadanos españoles estos días de luto por los atentados de Barcelona. Rabia por ser este tipo de terrorismo yihadista difícil de ubicar y combatir a corto plazo, no puede uno alistarse como soldado en una guerra sin más, ni tampoco enfermar de odio como enfermaron los asesinos. Acumulan tanto odio en su proceso de fanatización que no ven a los niños que atropellaron en las ramblas, por ejemplo, como a personitas inocentes sino como objetivos que abatir en un atroz videojuego con sangre y huesos rotos de verdad.
-Foto by Francisco Seco / AP obtenida del diario La Vanguardia-
Así que mejor dar rienda suelta a la tristeza, un sentimiento tan animal como la rabia, pero menos mortífero y que da menos alas a lo que cualquier terror pretende conseguir: el caos. A esa tristeza se suma el cansado hastío de comprobar cómo la política se alimenta de lo ocurrido, en ocasiones de manera obscena. Los sucesos de Barcelona se han producido en pleno calentón independentista en Cataluña, respecto del resto del estado español. Un calentón propiciado por la compleja coalición de partidos diversos que, bajo el nombre de Junts pel Sí, a ojos del ciudadano de a pie no independentista, sólo se ocupa las 24 horas del día en utilizar las estructuras administrativas y políticas de Cataluña para preparar un referéndum sin cobertura constitucional el día 1 de octubre. Una cobertura constitucional que permite a Cataluña, entre otras muchas cosas, poseer una policía propia que ahora va a ser condecorada.
Hay más de cuarenta personas aún en los hospitales catalanes, algunas de ellas están críticas y una ha engrosado ya desgraciadamente la lista de muertos (algunos de los cuales, cuando he escrito este post, están aún por enterrar). Pues con el horror tan fresco y casi todo por investigar, el parlamento catalán no ha tardado en dar la noticia de que otorgará la medalla de oro a la policía autonómica -mossos d’esquadra-, entre otras entidades únicamente catalanas. Y eso ha ocurrido mientras los llamados sindicatos mayoritarios de la Guardia Civil y la Policía Nacional española han denunciado que no se ha compartido información (como la de los conocidos vínculos yihadistas del llamado imam de Ripoll, presunto organizador de la célula terrorista que murió en la explosión del chalet de la localidad tarraconense de Alcanar, donde fabricaba el explosivo que los yihadistas llaman “madre de Satán”)
-Foto by https://cdn.rt.com/actualidad/public_images/2017.08/original/59998e0908f3d90b138b459a-
En medio de este clima raro, algunos van contando en cuántos países suena el himno de España durante los funerales de quienes fueron asesinados en Barcelona y Cambrils de esas nacionalidades. La emocionada carta de una educadora social y las palabras de un maestro de algunos de los jóvenes autores de la matanza, la mayoría de ellos abatidos por la policía, ha puesto sin embargo con valiente perplejidad y lágrimas en sus ojos el dedo en la llaga. Por supuesto les resulta repugnante lo que han hecho sus ex alumnos, pero no pueden evitar recordarles como los niños que fueron. Chicos aparentemente integrados en una sociedad europea tolerante y democrática, aún con todos sus defectos, como es la sociedad española, que les acogió a ellos o a sus padres. La misma sociedad que pretenden destruir con sus habitantes dentro.
Insisto en hacerme una pregunta similar a la que se hacen con dolor estos educadores: ¿Qué se está haciendo mal o no se está haciendo? ¿Por qué un fanático puede inocular tanto odio y deshacer en esas mentes jóvenes todo lo que hizo en ellas la escuela y la enseñanza integradora?...