Consumiste, diversas camas, demasiadas lunas. Y ya no, ya no puedes, ya no podrás esconderte. Huelo tu tabaco, acercándose, buscando el contacto con mi piel. Y ya no, no puedes, no puedes amar. Hombre de fuego, naciste para quemar, y alguien debe apagar tu combustión.
Un oído sobre el suelo alfombrado, un ojo en la habitación. Detengo tus pisadas en la moqueta del pasillo. Detengo tu pulso, acelero tus músculos, entras y echas el pestillo.
Parecías animoso cuando te cité en el hotel, ahora tu gesto intrigado expresa suspense. En punta y estirados, mis pies en suspensión, reposando en la cama mi espina desnuda. Pongámonos cómodos.
Suavemente tiembla, la ventana escarchada, ante tu avanzada. Cuanto tiempo sin vernos, tus ojos muertos antes de tiempo, se cruzan con los míos, negros como los de los animales, se adentran en mis aguas, buscando el colapso.
Ya no, ya no puedes, ya no puedes volverte atrás. Ya no podrás volver.
Ojitos de muerto, cuanto tiempo sin volverte a ver. Ojitos de muerto, cuanto esperé este ilusorio maleficio. Ojitos de muerto, tú lo deseabas igual. Vacío tus bolsillos, te engaño al oído, pronuncio el nombre de otro, tus ilusiones se han ido.
Mi lengua en tu pulso, mi dedo en tu herida. Tu gimes mi nombre, yo digo en lengua de serpientes.
Flujo, siseo, verdugón, gemido.
Flujo, siseo, verdugón, gemido.
Flujo, siseo, verdugón, gemido.
Y no amanecimos unidos.
La ilustración, cortesía de:
GothaWolf