Y entre menos loba, eras más caperucita. Desarmado de mis artimañas, aquella noche hubo dos primeras veces; la tuya cuando te descubriste mujer y niña envuelta en tantas ganas, y la mía cuando terminé siendo la presa y jamás el cazador.
Y en el sofá, en el suelo. En fin "entre las carnes", lo privado y lo ajeno, lo bueno y lo malo, se pelearon a morir en una batalla de hielo, sudor, tintos, orgasmos y cambios de viejos pelajes. Donde Caperucita se transformó en Loba y El Lobo -bueno ustedes ya saben- perdió los colmillos y su ferocidad.
Apagamos los interruptores que prendían dolores ajenos, diluímos la pesadumbre y aniquilamos el desdén y el egoísmo; y como brujos, ambos; nos hechizamos en cadencias y en ritmo, nos acompañaron las lunas y los zorros solitarios que escuchaban contentos, y hacían eco en aquel salón.
Hicimos un café a cuatro manos y con nuestras figuras le dimos a esas cobijas, un nuevo orden en el colchón. Jamás en mi existencia había vivido algo así: Un gavilán queriendo ser pollero. Tan enamorado quedé hasta las entrañas, que fue demasiado y como diría José José en su balada: Me volví un pichón recién nacido, haciéndome su humilde servidor...