Fotografía de mi autoría
I
Su dulce voz me saca de mi ensoñación.
―¿Puedo ver televisión?
―¿Qué quieres ver? ―pregunto mientras busco el control remoto.
―Soy Luna ―responde, y se acuesta a mi lado.
―No ―replico―. Soy Luna es malísima; solo hablan de novios. Puaj. ―Comienzo a pasar los canales con un exagerado gesto de repugnancia.
―Camila sieeeempre ve Soy Luna.
―Dile a Camila que vea Masha y el Oso. O Mr. Bean.
―¡Ahí! ―exclama.
Se acomoda en mi costado mientras observa embelesada como Mr. Bean intenta atrapar a un topo. Acerco mi nariz lentamente a su cabello, y aspiro hasta llenarme con su aroma.
II
La veo venir y sé que tendré que dejar de escribir. Ella es la única capaz de hacer que me detenga sin quejarme.
―¿Qué haces? ―pregunta, tan curiosa como aburrida.
―Escribo un relato.
―Quiero leer ―anuncia mientras se interpone entre la laptop y yo. Minimizo el relato erótico en el que estaba trabajando, y abro el diccionario.
―Buscaré una palabra ―me informa; el relato ya quedó en el olvido. Inspecciona detenidamente el teclado hasta encontrar la letra adecuada. Comienza a escribir.
―¿Qué dice? ―pregunto.
Acerca su rostro a la pantalla y lee.
―Relato. ―Presiona Enter con decisión―. Del lat re-la-tus...
―No tienes que leer esa parte ―interrumpo―. Aquí empie...
―Uno. Eme. Sono...
―Co ―vuelvo a interrumpir―. Allí la c se lee como la k ―le recuerdo.
―Cono-cimien-to. ―Pausa―. Que se da... gene-ral-mente de-tallado. ―Otra pausa―. De un hecho. ―Vuelve la atención al teclado, lista para buscar otra palabra.
―Lee la segunda definición. Aquí ―señalo―, después del dos.
Acerca nuevamente el rostro. «Tengo que llevarla al oftalmólogo», pienso por onceava vez.
―Narra-ción... su... cu-ento.
―Bien. ―Una sonrisa intenta asomarse. La contengo instintivamente. Aprieto mi mejilla contra su cabeza, y entonces la dejo emerger.
III
Peppa lleva a Goldie al veterinario. Noto que Leti se aburre.
―Hazme masajes en la cara ―pide.
Cierra los ojos muy seria, pero sonríe de satisfacción apenas poso mis dedos sobre sus cejas. Recorro su rostro suave y redondeado; acaricio su nariz y sus mejillas, su mandíbula y su barbilla. Me acerco con cuidado, y finjo comerme sus pestañas. Ríe.
―¿Me amas? ―pregunto. Y no puedo evitar poner voz de niña.
―Hasta la luuuuna ―responde inmediatamente―. No, no... Hasta el sol.
La abrazo con fuerza. Pronto se soltará y buscará entretenerse con algo; pero, mientras tanto, la conservo a mi lado.
© 2018, Elena Lobos