TRICOTILOMANÍA
Dedos errantes recorren mi cráneo
en busca de pelos hirsutos y extraños.
De pronto en el bosque de finos castaños
el grupo anhelante divisa un foráneo.
Al pobre bastardo le toca morir;
una vez hallado ya no puede huir.
Dos dedos ansiosos toman la delantera,
y prestos lo acarician de grata manera.
Una caricia.
Dos caricias.
Tres caricias.
No valen tijeras.
Lo cogen del cuello y lo arrancan de raíz.
Alivio inmediato se adueña de mí.
Dos foráneos.
Tres foráneos.
Cuatro foráneos más,
extirpados del bosque ahora yacen afuera,
en el campo infértil se arrastran sin fin.
Después del letargo recobro el dominio,
con la boca seca suspendo el martirio;
la culpa me azota por el genocidio.
Pero no fui yo, no.
Fueron los dedos tibios.
Ahora, ¿qué es la tricotilomanía? ¿Qué fue lo que inspiró este poema?
La tricotilomanía es un hábito que consiste en arrancarse los pelos compulsivamente. Así de simple. Una palabra tan larga y complicada (aún me cuesta pronunciarla y escribirla) para definir algo tan simple. Pero esto no tiene nada de sencillo. Desde mi adolescencia he estado batallando con este trastorno del control de impulsos (así está clasificado en el DSM-IV) que a muchos les puede parecer extraño y repulsivo.
Debido a la vergüenza y a lo raro del asunto, esto no suele reportarse ―yo no se lo confesé a mi familia hasta muchos años después―, y es por ello que muchas personas no tienen idea de que este trastorno existe.
¿Y por qué existe? Se preguntarán algunos
Por el estrés o la depresión, o por ambas cosas a la vez. Uno más de cientos de problemas producidos por estos dos padecimientos.
En mi caso no sé cómo ni cuándo comenzó. Un día simplemente me di cuenta de que tenía un problema. No podía parar de arrancarme los cabellos gruesos e hirsutos que me quedaron después de un desriz. Mi cama y el piso de mi habitación estaban infestados.
Por suerte, mi caso no es tan grave como otros. Nunca he llegado a quedarme calva parcial o completamente (aunque me he rapado la cabeza un par de veces para controlarlo). Nadie que me viera pensaría que lo padezco.
Sin embargo, la tricotilomanía no está restringida al cuero cabelludo. Esa es mi área predilecta, sí; pero hay personas que pueden llegar a arrancarse los vellos de la barba, piernas, axilas, cejas, pestañas, e incluso el vello púbico. Si a mí eso me parece extremo, no puedo imaginarme lo que piensan ustedes.
Como refleja el poema, la tricotilomanía, al igual que todos los trastornos del control de impulsos (piromanía, ludopatía, cleptomanía), produce una sensación de tensión antes del acto, y de alivio después de hacerlo. Lo extraño de esto, es que la mayoría de las veces ni siquiera me doy cuenta de lo que estoy haciendo hasta mucho después; como si estuviera en trance. Una película de acción o un partido de fútbol lo activan inmediatamente y pierdo el control de mis manos.
Ahora que lo estoy escribiendo me doy cuenta de lo increíblemente extraño y alarmante que es, y no puedo contener las lágrimas... Pero, como les dije, mi caso no es severo. Puedo parar cuando me percato de lo que estoy haciendo. Puedo contenerlo. Por suerte.
Este padecimiento suele ocasionar baja autoestima y miedo a socializar. Estar en público y no poder relajarte por temor a perder el control y que alguien lo note es algo que siempre me ha atormentado. Para las personas que tienen áreas calvas visibles es aún peor. Algunas deben usar sombreros, pelucas, delineador o pestañas postizas para ocultarlo. Y debido a la desinformación, muchos pueden llegar a pensar que son los únicos con ese problema. No lo son. Por favor, si lo padecen, busquen ayuda.
Las ilustraciones y el poema también son de mi autoría.
© 2018, Elena Lobos