De manera que aquello que llamé amarnos
tan solo consistía en mensajes sin respuesta
y tú mirándome deseando estar
en los zapatos de alguien más.
Me hice tormenta y no paré de llorar poesía,
ahora tan solo tenme aquí,
uniendo los versos más tristes que he escrito.

Estábamos llenos de ciudades, calles y noches. Recordaba con exactitud aquella en que se fue la luz, ambos nos encontrábamos en su balcón mirando el cielo. Volteó a verme y me pidió que bailáramos, nos bastó con la música que sonaba en mi cabeza y nos veíamos y reíamos como dos tontos, mientas dábamos vueltas. De repente su cara se tornó seria y dijo:
–Eres lo único que me hace dudar de mí.
Que tonta, nunca me planteé cual era la duda. Lo nuestro siempre fue necedad, absurda necesidad de tenernos, éramos como agua y aceite; aunque nos cruzáramos siempre terminábamos cada uno por un lado diferente.
Nos reíamos de todo y me conformaba con nada pero el amor debía ser otra cosa, algo más tranquilo que esa absurda ambivalencia, saltando entre el amor y la angustia, la ira y la búsqueda, el encuentro y el desenlace. Éramos una historia que tenía el fin marcado desde el comienzo, sólo que nunca me percate que el fin me devastaría de tal manera.
Lo mío con ella sólo fue algo insignificante, debí decirle la verdad ya que con la verdad nadie sale herido. Quiero hablar y estar contigo todo el tiempo, eso nunca fue así con ella.
Al terminar de leer aquella conversación mi corazón estallo como mil cristales rompiéndose…
Después de mucho comprendí, que él fue quien me perdió a mí. Yo terminé por salvarme de aquel agujero negro que era él.
Es una verdadera lástima que todas las historias deban tener un protagonista y el de esta sea un idiota que ni siquiera exista, –sólo en las memorias y en los poemas, claro está– es que necesitaba pintarlo así, justo como no es.
Fotos y texto de mi autoría.
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