Así como cada cuerpo es un templo, cada cabeza es un mundo y un campo de batalla en donde vivimos las escaramuzas a flor de piel…
Ejércitos de varios bandos disputan por salir victoriosos apenas el cerebro entra en estado de vigilia. En el horizonte una bandera es izada y un grito de guerra da pie al encontronazo. Pensamientos «inofensivos» visten armaduras que parecen impenetrables y, seguros de sí mismos, arrasan con otros provenientes de los barrios bajos de la psique.
Ideologías de alta alcurnia observan la masacre desde una colina, cumplen su rol de comandantes y generales con órdenes de no rendirse. El enemigo a eliminar, presente en todos los bandos y a toda hora, son los pensamientos irracionales: capaces de luchar con una fe ciega.
En medio del embrollo no se escuchan espadas chocar; tampoco huele a pólvora. Cada pensamiento empuña un mensaje que choca con el de su adversario y el ambiente se torna confuso.
Al cabo de un rato, nubarrones arremolinados lloran sobre el campo santo de las ideas fugaces cuyo argumento era tan insostenible que no soportó el debate contra el pensamiento fundamentado en la lógica, siendo este último parte de los guerreros más temerarios y experimentados.
La batalla está a punto de culminar, pero repentinamente toda la psique es raptada por los dioses más caprichosos: complejos de inferioridad, culpa y miedo. El mundo se paraliza; y en vez de bajarse algún pasajero, se encierra en sí mismo.
En las colinas, las ideologías son atacadas por los traumas del pasado y terminan cayendo desangradas a orillas del río de la memoria. Los recuerdos fluyen y desembocan en un mar de emociones donde pocos se atreven a navegar.
La lluvia comienza a inundarlo todo. En el campo de batalla revolotean moscas y algunos buitres asisten al festín. Los secuestradores, desde el punto más álgido, contemplan cómo se retuercen las ideologías al borde de la muerte. Mientras tanto, en el universo de la realidad humana, alguien llora en posición fetal cuando el reloj anuncia que ya es medianoche y el silencio de su habitación es la única compañía.
La imagen utilizada pertenece a Alexander Krivitskiy, fotógrafo de Unsplash.com.
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