En una de mis tantas excursiones con Sofía y sus renombrados autores, terminé en un lugar parecido al retratado por M. C. Escher en su famosa obra pictórica: Relatividad. Pero a diferencia de escaleras y extrañas figuras que desafían la gravedad desde el punto de vista del espectador, lo que veía eran puertas imposibles de contar que se esparcían a lo largo y ancho de un corredor alucinante.
Todas eran de caoba y un poco anticuadas, incluyendo las del techo y suelo. Caminé a tientas, temiendo que alguna bajo mis pies llegara a abrirse. Tras diez minutos de exploración, y en vista de que ninguna lucía letrero o número que la identificase, empujé una de las que tenía a mi derecha y entré en una habitación oscura.
No veía nada. Intenté volver sobre mis pasos y descubrí que la puerta había desaparecido. Muy pronto extrañé la luminosidad de cual disfrutaba anteriormente y, sin saber cómo, el recinto fue iluminado. Para mi sorpresa, la puerta reapareció a una veintena de metros, como una mancha marrón en medio de las cuatro paredes exageradamente blancas que me rodeaban.
El techo, en cambio, figuraba tan alto que no llegaba a contemplarlo del todo. Y por un instante creí, al ver hacia abajo, que flotaba y cerré los ojos; no era posible que mi vista me engañara de aquella forma: no había suelo por cual caminar; sin embargo, al abrirlos noté cuán equivocado estaba: el piso era firme y podía palparse, pero tan blanco como las paredes.
Desconozco cuánto tiempo estuve reflexionando al respecto. La sensación real de poder caer al vacío me revolvió el estómago hasta el punto de inmovilizarme. Luego, recuperado ya del vértigo, deseé beber algo de alcohol para pensar con más claridad. Y entonces una algarabía a mis espaldas me sobresaltó; una taberna había surgido de la nada mientras me recuperaba de mis impresiones.
Dudé unos segundos y entré. El local era aparentemente normal. Un conjunto de mesas estaban ocupadas por personas a las cuales, debido a la típica ambientación de los bares barriobajeros, no podía verles el rostro. Nadie pareció fijarse en mí.
Mientras me dirigía a la barra, intenté detallar en vano las facciones de aquellas caras desconocidas. Fue allí cuando supe que no existían ojos, bocas, narices (ni nada que se pudiera encontrar en cualquier rostro humano), que adornaran la masa informe superior de los cuerpos que bebían, reían y gritaban alegremente en las mesas.
Invadido por un sentimiento de extrañeza inusual, me senté en uno de los taburetes a la espera de que el barman terminara de atender a un sujeto que se encontraba al otro extremo de la barra. Ambos se escapaban de mi radio de visión por las sombras que los envolvían.
Sin darme cuenta, comencé a sentirme nervioso y me descubrí deseando que, al menos el barman, tuviera más arriba del cuello fosas nasales, cejas y el resto de rasgos familiares que nos caracterizan.
Al cabo de unos minutos desesperantes, respiré aliviado al ver que un viejo de semblante afable y perspicaz me preguntaba qué iba a tomar. Y como si hubiera leído mi pensamiento, me ofreció un vino tinto añejo de excelente calidad. Le pedí una copa y bebí. Nunca imaginé que tal bebida pudiera existir. Pensé en los famosos catadores de vino y lo mucho que se jactarían escribiendo sobre ello. Me acabé el trago y pedí otro.
Más tarde, cuando la extrañeza del lugar se normalizó gracias a la cantidad de alcohol ingerida, me atreví a soltar mis interrogantes al barman.
—Oye, amigo, ¿podrías decirme dónde rayos estoy?
El viejo me dirigió una mirada solemne mientras pasaba un trapo por enésima a vez a la copa que tenía en la mano. Medió un silencio y respondió:
—¿Acaso no lo recuerdas?
—No.
—Es increíble que lo hayas olvidado. No estás en ninguna parte, chico.
—¿Y eso que significa? —pregunté. Pero el viejo me dio la espalda y fue a atender al sujeto del otro extremo de la barra.
Esperé. No quería dejar la conversación a medias. No obstante, el sueño prorrumpió las puertas del bar y clavó sus ojos en mí. Luego de eso no quise saber nada, tan solo deseaba estar en la cama de mi apartamento.
Salí dando tumbos y volví a la habitación blanquecina. Me sentía mareado y exhausto. La puerta seguía allí, a una veintena de metros y más inalcanzable que nunca. Segundos después la estaba abriendo. Tuve la sensación de haberme transportado hasta ella y, a la vez, de que ella se había movido hasta donde estaba yo.
Recordé entonces lo vivido horas atrás cuando la abrí y, anhelé con mayor ahínco, quizá por mi ebriedad o ingenuidad, que del otro lado se encontrara mi apartamento. Y así fue. Caí rendido en mi catre. Miles de preguntas albergaban mi mente, pero esta se apagó al primer contacto con la almohada.
A la mañana siguiente, desperté con un libro de Schopenhauer sobre mi pecho, abierto en la regla número cinco del Arte de ser feliz. Sofía estaba a mi lado y sonreía. Le devolví el gesto haciendo un enorme esfuerzo; tenía jaqueca y en mis labios el sabor amargo de comprender cómo, en la vida, nos paseamos de un deseo a otro sin llegar a estar satisfechos en ningún momento.
Las imágenes utilizadas pertenecen a Daniel von Appen y Chuttersnap,
en ese mismo orden.
Ambos, fotógrafos de Unsplash.com.
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