El encuentro tiene lugar en una alcoba cualquiera. No hay musas presentes, solo una vaga esperanza: escapar de ese «no sé qué» inquietante que emerge precipitadamente de una superficie tan confusa como nebulosa, dando paso a la escritura.
A veces nerviosa por lo expresado y, en ocasiones, meticulosa y bien pensada, con un fin específico; pero la mayor parte del tiempo, lúdica e inocente, como el infante que da el primer salto hacia el cuadro dibujado con tiza sobre la calle asfaltada del barrio.
De esta forma, un nuevo párrafo nace mostrando sus miembros repletos de sustantivos, adjetivos y conjunciones que, tarde o temprano, conllevan a una verdad aparente. Abandonando así el útero mental en cual fue concebido, explayando todo su ser entre líneas.
Al alumbramiento asisten puntos gramaticales para calmar el ímpetu de la horda de ideas, indicándoles cuándo y dónde han de tomar un café, mientras la coherencia ofrece una charla instructiva desde la tarima del fondo.
Luego, el receso termina y la tarea es retomada, mas no sin alegría o melancolía; todo concluirá de un momento a otro y, la añoranza de volver a sentir el impulso, generará nostalgia por algo que sigue allí y que, minutos más tarde, dejará tras de sí tan solo el retrato de una idea transformada en poesía, relato o ensayo.
No obstante, la cita culmina cuando el verbo aparece con el fantasma del pretérito imperfecto a cuestas, resaltando lo mucho que reíamos o llorábamos mientras traíamos al mundo un escrito parecido a nosotros, el cual prontamente es opacado y desplazado por el sentimiento que continúa estancado e inconforme, recordándonos —para bien o para mal— que jamás no libraremos de la necesidad de decir algo sobre el papel.
La imagen utilizada pertenece a Álvaro Serrano, fotógrafo de Unsplash.com.
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