Hay una especie de odio que rara vez suele manifestarse. Como una enfermedad terminal diagnosticada a destiempo que, cuando se sabe de su existencia, mata todas las alegrías cosechadas hasta la fecha y ofusca la razón.
Engendrado tras una experiencia turbia de la infancia, se echa a dormir. Sus ronquidos son tan imperceptibles que no rompen ondas sonoras. Si se mueve para acomodarse y continuar en su estado de hibernación, sentimos una leve molestia en alguna parte del cuerpo, como un dolor de espalda o fatiga.
Sin embargo, a pesar de su camuflaje, el impacto que tiene su presencia en nuestro organismo es fatídico. Lo confirman cambios de humor y depresiones. Además de la sensación, tan frecuente e incómoda, de que algo falta.
Causante del mar de lágrimas que afloran cuando nos atrevemos a ver dentro de nosotros, permanece allí, exigiendo en silencio ser reconocido. Pero observarlo nunca es fácil, menos convivir con él. No obstante, es primordial caminar por el fango y ensuciarse para tener la necesidad de limpiarnos.
Por otro lado, cuando emerge a la superficie y provoca tsunamis que arrasan las costas del pensamiento, el fuerte oleaje no escatima en derruir constructos y convenios sociales. Es como la muerte que, purgada de racismo, clasismo y fanatismo, hace su trabajo con una eficacia espantosa.
Pero lo más cómico del caso es que le tiemblan las piernas al primer contacto visual con otro que no seamos nosotros. No es para menos, ha nacido del miedo y de la imposibilidad de defendernos. Razón por la cual, abandona su cueva cuando estamos a solas escarbando el pasado.
Luego, en el diván de algún consultorio, su hazaña es contada con especial extrañeza y, los estigmas en las manos que la noche anterior golpearon paredes hasta sangrar, son mostrados al especialista como prueba irrefutable de la intensidad con cual vive en la intemperie esta especie.
La imagen utilizada pertenece a Isai Ramos, fotógrafa de Unsplash.com.
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