Otra cara de la moneda. Fea. Demacrada. Con grandes bolsas púrpuras debajo las cuencas. De barba poblada y descuidada como la de los montañeses. Con dientes cetrinos y cariados. Y el familiar aliento fétido, como si de una cloaca se tratase. Tan común y extendida como las plagas que arrasan las cosechas de lo sembrado por la sociedad.
Hay quienes aseguran que su existencia es mental: una cuestión de perspectiva nada más. Escriben libros al respecto que se convierten en best sellers, ofrecen seminarios para terminar de vender la idea y, tanto oyentes como lectores, agradecen convencidos de que es un problema interno. Mientras algunos, ajenos al círculo, aprecian el famélico aspecto que esta tiene en cenas donde nadie come y el agua quema bocas de estómago.
Estos últimos conviven con ella desde muy temprana edad. Lucen ropas raídas compradas en tiendas de segunda mano. Se acostumbran a heredar las que ya no usa el mayor de todos o algún primo lejano. Y se especializan en mirar a través de los huecos de las medias antes de vestirse. En pocas palabras, aprenden a vivir con poco, y encuentran, en el mejor de los casos, dicha en lo paupérrimo.
También están los que desean exterminarla: los más grandes soñadores. Pertenecen al grupo de los que anhelan paz mundial y felicidad plena, ignorando la compleja maquinaria que hace girar los engranajes del globo.
Abundan incluso los que se avergüenzan de mencionarla, como quien sufre una enfermedad venérea. Intentan tapar los moretones con maquillaje barato cuando salen de paseo, pero los estigmas no desaparecen bajo capas de polvo y, al volver a casa, otra tunda los espera.
Hay quienes en cambio la aceptan. Analizan los pros y los contras. Comprenden perfectamente el significado de la injusticia y no pierden tiempo lamentándose, conscientes de que el viejo colchón repleto de ácaros es mejor que una cama de cartón.
No obstante, solo los más pequeños se muestran indiferentes ante ella. Juegan con normalidad en su precario entorno. Saltan enérgicos balbuceando el dialecto de las calles. Y sonríen si consiguen entre la basura una hamburguesa a medio comer, o una pata de pollo con algo de carne adherida al hueso, pensando, quizá, en lo contenta que se pondrá mamá si lo ve llegar con el oportuno descubrimiento.
La imagen utilizada pertenece a Ali Arif Soydaş, fotógrafo de Unsplash.com.
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.