Aprendí a escribir leyéndote
Por ahí, en bocas ajenas, ya sabes, he escuchado cientos de veces la misma historia. Pero, ¿cómo podría dejarte ir si de tus versos me he alimentado? ¿Será que al leerte me descubrí? como si tus textos fuesen tinta impresa en mi alma. Ya poco recuerdo lo que era sin haberte conocido, o quién era sin el calor de tus brazos impregnando mis grietas. Aquellas mañanas de desolación se las llevó el viento, las noches de invierno se perdieron en lo desconocido e incluso las madrugadas lacerantes ya las siento lejanas. El café ya no sabe amargo acompañado de tus letras y el sol comienza a verse más brillante.
Son incontables las veces en las que me he desorientado pensándote, en tus caricias no tan planificadas, en tus manos leyendo braille sobre mi piel, en tus besos hábiles y a la vez torpes, en un simple roce que lo puede significar todo. Cuéntame, ¿quién más lo ha hecho? No debo ser la única que de ti anhela, que ansiosa desee leerte, porque aún sin ser mío permanece en mi ser. Siempre fuiste así, exacto e inexacto al mismo tiempo: desde tu hebras negras y orbes marrones hasta la manera en que entrelazabas la pluma entre tus dedos. Hacías voltear a cada chica que pasaba a tu alrededor. Escuchabas, comprendías y sabías qué decir. Lograste encontrar ese algo tan valioso y único en la vida, me sostuviste con todos esos fragmentos, los unías con hilo y los guardabas en tu libreta hasta que se transformaban en poesía. Descubriste rimas en pensamientos sencillos y frecuentes. Creaste coplas con el ruido ensordecedor de la ciudad. Viste el mundo cómo es.
¿Qué más quisiera? Que de tu alma yo quiero ser quien la deshaga y la vuelva a acoplar en pequeñas partes, incluso cuando la noche te opaque la vista te aseguro que juntos encontraremos un camino a través de la oscuridad. Que de tus manos quiero ser la pizca de escalofrío que prenda fuego tu cuerpo, apagando esas tardes congeladas esperando quién de los dos se disipe primero. Quién sabe... quizá y me descomponga en el intento, y me quede sin medio cielo y sin medio corazón. Quizá y el calor de tu cuerpo ni se percate de mi presencia. Quizá y de pronto te encuentre y las manos ya te sepan a frío, o ya estén encendidas por alguien más. O quizá pase mucho tiempo o pasen míseros segundos, pero quizá, sólo quizá, tú importes para mí más que cualquier otra cosa en el mundo.